domingo, 20 de abril de 2014

¡«Arrayua»! ¡Levanta hombre!



"Rezamos un Padre Nuestro y lo que parecía como el comienzo del rosario ya que seguimos con Ave Marías. Callé cuando arrancó con preces dedicadas a la Virgen del Pilar que sumergieron su espíritu en un profundo estado de meditación.  A medida que progresaba con la letanía, su voz se fue haciendo más tenue hasta convertirse en un murmullo lánguido que contrastaba con la intensidad de su devoción. El manojo de dedos entrelazados que apoyaba sobre sus labios amortiguaba las ondas que emanaban de su cuerdas vocales. Una especie de guijarro que yacía en el suelo en frente a mí comenzó a vibrar en resonancia armónica con este zumbido. Su superficie plana se alteró emitiendo desde su interior un resplandor plateado que se difuminaba a través de los surcos de su relieve grabado.
Era el medallón y ahora se dejaba ver ante mis ojos. El centro estaba adornado con la silueta de una madonna cargando con su brazo derecho a su recién nacido y portando una corona cuyo halo radiaba una estrella de mil puntas. Me acerqué y con las yemas de los dedos acaricié su superficie. Tan pronto la toqué la prenda de plata se pegó a la palma de mi mano como lo haría un cuerpo imantado con otro de polo opuesto. En ese instante sentí un impulso eléctrico atravesar mi cuerpo con la fuerza de un rayo, desde la muñeca izquierda hasta el corazón, generando un catastrófico espasmo muscular que paralizó mi pulso, mi aliento y mis neuronas. Fui incapaz de resistir este estallido de energía y con la mirada congelada en el medallón me desplomé.
Estaba a oscuras y en silencio, inmerso en el vacío más profundo, o por lo menos eso es lo que me pareció. De repente a mis oídos llegó la siguiente exclamación:
—¡«Arrayua»! ¡Levanta hombre! Que también lo has dejado tumbado en el suelo. ¡Levanta Tomás y termina con la pelea!
Antes de poder deducir el contexto de estas palabras me vino a la mente una noción terrorífica. Era capaz de entenderlas a pesar de que me las estaban dirigiendo en vascuence." —Capítulo x.



 

No hay comentarios:

Publicar un comentario