El golpetazo fue seco y fulminante. Había salido despedido y en mitad del aire di una voltereta antes de impactar de espaldas con el suelo. El casco que llevaba puesto no rozó con nada y mi cabeza fue el punto de pivote en el aire para el giro que preparó mi planchazo. Fue tan brutal el impacto que se exprimió hasta el último aliento de mis pulmones. Sentí un terrible dolor en las costillas pero esto no se comparó con la agonía que me sobrevino al no conseguir recobrar el reflejo de la respiración. Se había colapsado mi cavidad pulmonar y el aire no encontraba su camino al interior.
Registré todo el suceso en cámara lenta. Sentí como de un jalón la moto se escurrió bajo mis piernas. Un instante antes, con un ligero puntapié subí de marcha, solté el embrague desplegando las puntas del los dedos que cubría mi guante izquierdo y con el guante derecho giré con fuerza hacia mi el mango del acelerador. Salí despedido en plena aceleración del motor. Los guantes continuaban apretando firmemente ambos mangos del manillar y los dedos de la mano izquierda que ahora posaban extendidos se cerraron sobre la palanca del embrague, neutralizando el motor que reclamó con un estruendoso chillido. Ya en plena pirueta el peso del aparato arrancó el manillar de mis manos y por unos instantes me sentí suspendido en el aire insensible a lo que me acechaba con el inminente impacto.
Quedé tendido sobre el suelo, sin fuerza para respirar y con la mirada puesta en lo alto de las sombras de las ramas de un frondoso árbol que me tapaban la vista de la luna. La sombra que me cubría venció mis sentidos y desvanecí.
Me despertó sentir un liquido tibio y pastoso empaparme el rostro. Mi primera impresión fue pensar que estaba cubierto de sangre, sin embargo seguidamente sentí un lametón más caliente y más fluido de lo que me pareció una enorme lengua de animal vacuno en plena faena de degustación por la apertura del visor del casco. Fue tal mi sorpresa que mis pulmones se abrieron para echar un grito y el resultado fue llenar la cavidad entera con el pestilente aliento del animal. Salió el alarido ya más por asco que por susto y cerré la boca dándome la vuelta y protegiendo la parte expuesta de la cara con mis brazos. Entre los filos del pasto a penas veía un juego de patas negras con sendas pezuñas. «Un toro de lidia» pensé horrorizado sin razonar que esa especie no rondaba por estas latitudes.
Me hice el muerto pero continuaba sintiendo sobre mi nuca los lametones y el venteo de un enorme hocico.
—Muchacho, tente en piernas. Descuida, que retiro la bestia morcilla que tanto acecha. Puedes estar tranquilo que su lamer es señal de ternura, no de hambre.
Me puse de rodillas e intenté quitarme el casco, pero con los guantes puestos no conseguía separar el juego de hebillas bajo la barbilla que lo fijaba a la cabeza. Me estaba atragantando con la saliva del animal que me había resucitado. Una vez de pie, me arranqué un guante y con los dedos libres al tacto aflojé las hebillas. Con la otra mano todavía con guante jalé de la correa, echando al suelo el casco que me provocaba tanto sofoco. Me limpié el rostro con la camiseta y busqué la silueta del hombre que se había dirigido a mí con ese acento castizo.
Le encontré eclipsado por la bestia negra que se encontraba a su lado. Sostenía con una mano las riendas y con la otra se apoyaba sobre el cuello del caballo, controlando con firmeza su cabeceo porque ahora el animal se había alterado por mis movimientos bruscos.
—¿Acaso ha tropezado Sancho con su rocín? —soltó con un tono burlesco que me sentó pesado.
«¿Pero de qué rocín y de qué ocho puertas me habla este tío?» A mí también me salió el castellano, aunque fuese sólo en pensamiento.
—Parece que me he dado un buen trancazo, vamos, que me he pegado una hostia monumental… —le expliqué cambiando mi chip de pronunciar el criollo, que todavía no dominaba, por el chip de forzar el argot madrileño.
Hacer la carrera en el extranjero con latinoamericanos de tantos países diferentes y ahora vivir en estas latitudes había terminado por corromper el acento de mi adolescencia.
—¡Joé qué forma de volar! Iba a toda mecha y de la hostia que me he dado he salido volando por los aires. ¡Qué bestia!
—Bestia es la que te ha lanzado y te ha dejado ahí tendido por muerto. Contesta muchacho, que de caballero tienes poco por esa lengua tan soez que cargas y de aprendiz del diablo tienes mucho por esos conjuros que ostentas. ¿Qué hechizo es ese de hacer desaparecer las prendas y la armadura que portabas?
Me dejó confuso su comentario y me quedé pensando si este hombre me iba a hablar siempre en verso. Me supuse que se refería al casco así que lo busqué entre las sombras de mi alrededor y al verlo lo recogí del suelo. Se lo ofrecí para que lo inspeccionase, extendiéndole el brazo con casco en mano. Reaccionó como si le hubiera sacado un conejo de una chistera, ya que su silueta dio un paso para atrás y con el cuerpo entero hizo exclamación de asombro. El caballo en cambio se acercó agachándose para volver a lamerlo y a husmearlo.
—Oiga… si se refiere al casco, tome, que no es una pieza de armadura. Y de desaparecer nada, mire que aquí estaba, a mis pies, enfrente suyo…
Acercó la mano más próxima a mí, la que también sujetaba las riendas del animal y tan pronto me pareció que ya sujetaba el casco, lo solté para entregárselo. Sin embargo, el casco arrancó en curso al suelo. Seguidamente sentí como su mano alcanzó la mía y como si de un zarpazo se tratase me la agarró y me sostuvo con fuerza. En ese instante pasó algo extraordinario. El casco que tenía que haber tocado el suelo se esfumó en frente mío sin completar su trayectoria de caída. Sentí un escalofrío por todo el cuerpo y noté que una gran sombra me cegó por un instante. Al recobrar la visión nocturna, me pareció haber visto el contorno oscuro de los árboles que me rodeaban repentinamente cambiar de forma, desplazarse, encogerse o moverse de lugar. De reojo noté la luna más intensa y más grande, delatándose como la fuente del resplandor plateado que reflejaba sobre el negro terciopelo del caballo. Nada alrededor mío en esa nueva oscuridad era lo que había sido hace un instante, ni siquiera el aire que respiraba tenía el mismo cuerpo, era más espeso y cargaba otros aromas. Nada era igual, excepto el caballo y su domador que ahora me serraba la mano y a quién veía hasta el blanco de los ojos.
El hombre al inclinarse hacia mí se asomó fuera de la sombra que le hacía el caballo y su rostro se iluminó lo suficiente para que yo pudiera distinguirle algunas facciones. Lo vi grueso de cara con frente, nariz y pómulos finos y redondos siendo éstos los focos que reflejaban la luz de la luna en una cara oscurecida por un manto de vello que bajaba desde sus patillas hasta su barbilla. Sus ojos brillaban bajo unas cejas espesas. El pelo lo tenía con poco fleco y parecía tenerlo abundante, recogido hacia atrás. Vestía una camisa de lino claro, sin bolsillos y con mangas largas que le quedaba holgada y le daba una apariencia corpulenta. De cintura para abajo era vestimenta oscura, pantalones de tela y botas de cuero parecidas a las de montar. Era blanco de tez o por lo menos eso parecía ya que sus manos, su frente y su cuello se veían claros bajo el reflejo de la luna.
Ahora el asombrado era yo.
—¿Qué ha pasado? —pregunté.
Sin soltar su firme enganche sobre mí respondió:
—Ha pasado que has vuelto a conjurar tus hechizos. Ahora muchacho declara tus intenciones y a qué partida perteneces —y con esas palabras me apretó aun más fuerte.
—Oiga, haga el favor de soltarme que yo no le he hecho nada.
Me agarraba con su mano izquierda y con la derecha me percaté que alcanzaba algo a la altura de su cintura. Temí lo peor, que iba a sacar un arma: un cuchillo o un revolver. Así que reaccioné plantando mi mano libre sobre la suya que me sostenía. Con el esfuerzo de ambos brazos le jalé hacia mi lado izquierdo aplicando todo el peso del giro de mi torso en esa dirección. Fue tan súbito mi movimiento que el hombre perdió el equilibrio y se cayó de espaldas hacia mí. Mi giro venía con golpe de codo derecho y todo incluido, dirigido a la nuca o a lo que pillase a la altura de su cabeza. Sin embargo esta llave de defensa personal que había practicado anteriormente en mi época de estudiante, no contemplaba que mi agresor estuviese sosteniendo con la misma mano que me agarraba las riendas de un caballo.
Inevitablemente, transferí todo este tirón a la cabeza del animal, y el resultado de mi giro violento fue un gran enredo. Literalmente el enredo fue de mi codo con las correas ligadas a las camas de freno dentro de la boca del caballo. Éste no tuvo más que levantar la cabeza y ya de paso alzarse sobre las dos patas traseras amenazando con embestirnos o caernos a patada limpia. Nuestros brazos unidos a las riendas lo seguían en ese ascenso tirando de nuestros cuerpos en la misma dirección. Antes de podernos soltar el uno del otro salimos ambos volando. Tan pronto me deshice de su zarpa, volví a sentir un escalofrío cruzarme de pies a cabeza y tras el breve apagón noté como se oscureció de nuevo la noche. Caí rodando por el pasto y me tapé la cara con mis antebrazos. Cesó de sonar el rechinar del caballo. Estando todavía tumbado, no veía al caballo y lo único que pensé fue que el animal se había escapado al galope y que ahora me tocaría lidiar con este individuo a solas. Pero el hombre no se dirigió a mí. Le podía oír moviéndose desesperadamente entre el pasto de esa pradera sombría dando vueltas en círculo y haciendo voces, como si estuviese esquivando algo o intentando agarrar algo. Luego pensé que podría ser el caballo, presente sólo en su imaginación, porque me constaba que ni oía ni olía a la bestia moverse en frente nuestro. O sea que se había ahuyentado este potro infeliz y el hombre estaba haciendo el amago de protegerse de las patadas de su amenaza invisible. La escaramuza imaginaria duró unos segundos hasta que para mi más absoluta sorpresa, de repente no sólo volví a ver al tinte matalón, sino que pude oler el sudor, oír el rechinar y hasta sentí temblar la tierra por el pataleo del animal, éste quejándose amargamente al volver a apoderarse el hombre con toda su fuerza de las riendas.
Si no descargué todo el repertorio de palabrotas, ordinarieces que había acumulado tras años de instrucción en los patios del colegio, no dije nada. Me quedé afónico del asombro, porque si este hombre me había acusado antes de hechicero, él ahora demostraba ser todo un mago haciendo reaparecer la bestia equina sobre el escenario.
El hombre una vez pudo contener al caballo de su brío se dirigió de nuevo a mí diciendo:
—Vaya lengua cebada con estiércol que sueltas. No he oído jamás majaderías tales y Dios me guarde de tener que volver a soportar semejantes palabrejas.
—Pues no se acerque, que es usted el que juega a ser mago y ésta no es hora ni sitio para andar con pantomimas.
—Muchacho, contén los estribos. Sugiero mantengamos nuestra distancia para así dirigirnos como caballeros. Evitemos la confrontación que nos ha servido la mala fortuna en este encuentro nocturno.
—Pues bien, hablemos. —Y con esas palabras me volví a poner de pie, sacudiéndome los codos y antebrazos de tierra y de espigas que ahora me picaban por el revolcón que me había dado sobre el pasto tan alto.
—Tan pronto yo le dé una explicación le pido que usted me corresponda con la misma cortesía.
Con su señal de afirmación le comencé a contar:
—Para serle sincero, estoy perdido. Busco la casa del hato donde me estoy hospedando y tras el golpe que me he dado me encuentro aturdido, desorientado.
Miré a mi alrededor en busca de la moto pero seguía sin verla. Regresé la mirada al individuo y continué:
—Le aseguro que no poseo los talantes que me atribuye. No pertenezco a ninguna partida, ni secta ni de nada de eso, si acaso peco por ser de la capital y aquí en la noche del Llano me encuentro coleando como pez fuera del agua.
—La noche juega con nosotros, las sombras nos cubren los ojos con un manto haciéndonos ver lo que no es.
—Tendrá razón —contesté—. No debía de haberme alejado de esta forma de la casa. ¿Y usted que hace por aquí a estas horas?
—Salí en busca de esta montura. La dejé paciendo en este prado. Tan pronto le puse el aparejo, el animal te encontró.
Me extrañó que lo estuviera recogiendo a estas horas y le pregunté el por qué. El me respondió con un:
—Haces muchas preguntas. Acompáñame porque ésta no es noche para andar sólo en la llanura. Si procedes de la capital tenemos mucho de que hablar.
—¿A donde se dirige?
Se limitó con contestar con un:
—Caminemos.
Se dio la vuelta y guiando al caballo comenzó a alejarse de mí.
No me volvió a dirigir la palabra y según se alejaba, me puse nervioso y volví a buscar la moto a mi alrededor. El pasto lo cubría todo y no la veía por ningún lado. Me desplacé hacia el camino que me había traído hasta este prado, arrastrando los pies, pisando la vegetación y tanteando con las puntas metálicas de las botas el suelo con la esperanza de toparme con la forma maciza de la moto. Fue inútil y antes de quedarme sólo decidí dejar el casco en medio del camino como un marcador blanco del lugar de mi accidente y me dirigí corriendo detrás de lo que ahora avistaba como la tenue silueta del caballo.
—Pero bueno, ¿cómo han atravesado estos matorrales?
A pocos metros me enzarcé con una ramas secas que se proyectaban como lanzas. No tuve más remedio que desengancharme y de buscar la forma de continuar en la dirección general en que caminaban, rodeando este obstáculo y otros más que iban surgiendo inesperadamente ya que estaba seguro de que les seguía las huellas y que tenían que haber pasado por ahí.
Disponible impreso en Tapa Blanda en los siguientes países:


No hay comentarios:
Publicar un comentario