viernes, 9 de mayo de 2014

El clin clan de los vasos



A Andrés no le extrañó nada encontrarse sólo en la habitación sin su compañero de cuarto.  La primera noche de nuestra estancia yo había compartido con él la habitación pero no encontré sábanas suficientes para darme cobijo en la cama aledaña contra el frío que llegó a hacer y me vi obligado a salir de ahí en la madrugada.  Encontré una hamaca y decidí dormir guindado entre dos columnas del salón de la casa, que permanecía a temperatura ambiente.
Al no verme la mañana del domingo, Andrés llegó a la conclusión que yo había decidido colgar en chinchorro otra vez.  Abrió la puerta y vestido en ropa interior, con una toalla al hombro y necessair en mano se dirigió al baño más cercano para aliviar su vejiga, lavarse la cara, cepillarse los dientes, afeitarse y peinarse.  La casa no tenía calentador de agua ni ducha en los baños.  La tarde anterior nos habíamos lavado a manguerazos en la parte posterior de la casa.  Las tres mujeres del grupo se lavaron primero, a solas y vestidas en bikini.  Mientras una se bañaba con la manguera y se frotaba con una barra de jabón azul Las Llaves de lavar ropa, las otras dos cubiertas con sus toallas como pareos, extendían otra toalla para taparla de la vista por si alguno de los cinco hombres que completaban el grupo o algún empleado del hato osaba acercarse para echarles un ojo.

Para cuando se liberó el cuarto de baño, ya se oía el clin clan de los vasos que se iban recogiendo y un sonido de un serrucho que con cada golpe salpicaba agua.  La señora que cuidaba la propiedad había comenzado a recoger el desorden con el que amaneció el patio y su hijo de siete años se puso a jalar con ambas manos el asa blanco de la cava cuya proa apenas podía alzar, haciendo derramar sobre el suelo de cemento los picos del oleaje que se formaban con cada tirón que daba.  Se dirigía arrastrando su carga hacia el portón del patio que daba al exterior de la casa.  Una vez fuera, tumbó la cava de lado y vació su turbio contenido.  El agua salió de golpe y fue absorbido enseguida por el firme de tierra dejando a la vista un sedimento de chapas de botella, aros de plástico flexible que juntaban las latas de cerveza y una variada colección de insectos y arácnidos ahogados la noche anterior.
Ahí afuera se encontraban estacionadas las motos que habíamos traído.  Salió Andrés ya vestido con botas Timberland, blue jeans, camisa a cuadros remangada que cubría una camiseta blanca de algodón que había mandado planchar antes de empacar en su maleta.  Con su aspecto emperifollado se dirigió al niño que lavaba la cava roja.  Andrés estaba listo para comenzar la jornada y me estaba buscando.  Ya había preguntado por mí en la cocina mientras pedía que le preparasen un negrito.  Hoy había amanecido según sus propias palabras «enratonao» y con guayoyo no se iba a curar de su guayabo, por eso el café que pedía lo quería bien fuerte.  El aroma de las arepas fritándose y de las caraotas negras, dulces por el papelón, que se estaban recalentando le abrieron el apetito y con más ansia continúo en busca de su compañero que de cuarto nunca fue para que lo acompañase en el la actividad más importante que ofrecía esa mañana: el desayuno criollo.

Enseguida se percató que faltaba la moto con el tanque rojo y le preguntó al niño si había visto a «un catire bien alto» irse con ella.  El niño que estaba en cuclillas alzó la mirada, encogió los hombros, le puso una cara indiferente de yo no sé y se volvió a centrar en su tarea.  Andrés posó su café sobre una repisa y de la riñonera que llevaba amarrada alrededor de la cintura desenfundó la mano sujetando una chupeta Ticopop, de sabor fresa, de esas que llevan chicle bomba de relleno.  Se la ofreció al niño con un:

—Chamo, ¿desayunaste?

Éste lo volvió a mirar y con una sonrisa bien puesta le hizo guiño con la cabeza que si.

—Toma, te la ganaste por ayudar tanto a tu mamá.

Con eso se metió Andrés en la casa extrañándose porque había decidido irme yo a dar una vuelta con la moto tan temprano y especialmente antes de haber disfrutado del desayuno juntos.
 —Capítulo ii.



 

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