"La
escaramuza imaginaria duró unos segundos hasta que para mi más absoluta
sorpresa, de repente no sólo volví a ver al tinte matalón, sino que pude oler
el sudor, oír el rechinar y hasta sentí temblar la tierra por el pataleo del
animal, éste quejándose amargamente al volver a apoderarse el hombre con toda
su fuerza de las riendas.
Si no
descargué todo el repertorio de palabrotas, ordinarieces que había acumulado
tras años de instrucción en los patios del colegio, no dije nada. Me quedé afónico del asombro, porque si
este hombre me había acusado antes de hechicero, él ahora demostraba ser todo
un mago haciendo reaparecer la bestia equina sobre el escenario.
El
hombre una vez pudo contener al caballo de su brío se dirigió de nuevo a mi
diciendo:
—Vaya
lengua cebada con estiércol que sueltas.
No he oído jamás majaderías tales y Dios me guarde de tener que volver a
soportar semejantes palabrejas.
—Pues
no se acerque, que es usted el que juega a ser mago y esta no es hora ni sitio para
andar con pantomimas.
—Muchacho,
contén los estribos. Sugiero mantengamos nuestra distancia para así dirigirnos
como caballeros. Evitemos la confrontación que nos ha servido la mala fortuna
en este encuentro nocturno.
—Pues
bien, hablemos. —Y con esas palabras me volví a poner de pie, sacudiéndome los
codos y antebrazos de tierra y de espigas que ahora me picaban por el revolcón
que me había dado sobre el pasto tan alto.
—Tan
pronto yo le de una explicación le pido que usted me corresponda con la misma
cortesía.
Con su
señal de afirmación le comencé a contar:
—Para
serle sincero, estoy perdido. Busco la casa del hato donde me estoy hospedando
y tras el golpe que me he dado me encuentro aturdido, desorientado.
Miré a
mi alrededor en busca de la moto pero seguía sin verla. Regrese la mirada al individuo y
continué:
—Le
aseguro que no poseo los talantes que me atribuye. No pertenezco a ninguna
partida, ni secta ni de nada de eso, si acaso peco por ser de la capital y aquí
en la noche del Llano me encuentro coleando como pez fuera del agua.
—La
noche juega con nosotros, las sombras nos cubren los ojos con un manto
haciéndonos ver lo que no es.
—Tendrá
razón —contesté—. No debía de haberme alejado de esta forma de la casa. ¿Y
usted que hace por aquí a estas horas?
—Salí
en busca de esta montura. La dejé paciendo en este prado. Tan pronto le puse el
aparejo, el animal te encontró.
Me
extrañó que lo estuviera recogiendo a estas horas y le pregunté el por
qué. El me respondió con un:
—Haces
muchas preguntas. Acompáñame
porque esta no es noche para andar sólo en la llanura. Si procedes de la capital tenemos mucho
de que hablar.
—¿A
donde se dirige?
Se
limitó con contestar con un:
—Caminemos.
Se dio
la vuelta y guiando al caballo comenzó a alejarse de mi.
No me volvió
a dirigir la palabra y según se alejaba, me puse nervioso y volví a buscar la
moto a mi alrededor. El pasto lo
cubría todo y no la veía por ningún lado.
Me desplacé hacia el camino que me había traído hasta este prado,
arrastrando los pies, pisando la vegetación y tanteando con las puntas
metálicas de las botas el suelo con la esperanza de toparme con la forma maciza
de la moto. Fue inútil y antes de
quedarme sólo decidí dejar el casco en medio del camino como un marcador blanco
del lugar de mi accidente y me dirigí corriendo detrás de lo que ahora avistaba
como la tenue silueta del caballo.
—Pero
bueno, ¿cómo han atravesado estos matorrales?
A pocos metros me enzarcé
con una ramas secas que se proyectaban como lanzas. No tuve más remedio que
desengancharme y de buscar la forma de continuar en la dirección general en que
caminaban, rodeando este obstáculo y otros más que iban surgiendo
inesperadamente ya que estaba seguro de que les seguía las huellas y que tenían
que haber pasado por ahí." —Capítulo iii.Disponible impreso en Tapa Blanda en los siguientes países:


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