viernes, 18 de abril de 2014

Coleando como pez fuera del agua



"La escaramuza imaginaria duró unos segundos hasta que para mi más absoluta sorpresa, de repente no sólo volví a ver al tinte matalón, sino que pude oler el sudor, oír el rechinar y hasta sentí temblar la tierra por el pataleo del animal, éste quejándose amargamente al volver a apoderarse el hombre con toda su fuerza de las riendas.
Si no descargué todo el repertorio de palabrotas, ordinarieces que había acumulado tras años de instrucción en los patios del colegio, no dije nada.  Me quedé afónico del asombro, porque si este hombre me había acusado antes de hechicero, él ahora demostraba ser todo un mago haciendo reaparecer la bestia equina sobre el escenario.
El hombre una vez pudo contener al caballo de su brío se dirigió de nuevo a mi diciendo:
—Vaya lengua cebada con estiércol que sueltas.  No he oído jamás majaderías tales y Dios me guarde de tener que volver a soportar semejantes palabrejas.
—Pues no se acerque, que es usted el que juega a ser mago y esta no es hora ni sitio para andar con pantomimas.
—Muchacho, contén los estribos. Sugiero mantengamos nuestra distancia para así dirigirnos como caballeros. Evitemos la confrontación que nos ha servido la mala fortuna en este encuentro nocturno.
—Pues bien, hablemos. —Y con esas palabras me volví a poner de pie, sacudiéndome los codos y antebrazos de tierra y de espigas que ahora me picaban por el revolcón que me había dado sobre el pasto tan alto.
—Tan pronto yo le de una explicación le pido que usted me corresponda con la misma cortesía.
Con su señal de afirmación le comencé a contar:
—Para serle sincero, estoy perdido. Busco la casa del hato donde me estoy hospedando y tras el golpe que me he dado me encuentro aturdido, desorientado.
Miré a mi alrededor en busca de la moto pero seguía sin verla.  Regrese la mirada al individuo y continué:
—Le aseguro que no poseo los talantes que me atribuye. No pertenezco a ninguna partida, ni secta ni de nada de eso, si acaso peco por ser de la capital y aquí en la noche del Llano me encuentro coleando como pez fuera del agua.
—La noche juega con nosotros, las sombras nos cubren los ojos con un manto haciéndonos ver lo que no es.
—Tendrá razón —contesté—. No debía de haberme alejado de esta forma de la casa. ¿Y usted que hace por aquí a estas horas?
—Salí en busca de esta montura. La dejé paciendo en este prado. Tan pronto le puse el aparejo, el animal te encontró.
Me extrañó que lo estuviera recogiendo a estas horas y le pregunté el por qué.  El me respondió con un:
—Haces muchas preguntas.  Acompáñame porque esta no es noche para andar sólo en la llanura.  Si procedes de la capital tenemos mucho de que hablar.
—¿A donde se dirige?
Se limitó con contestar con un:
—Caminemos.
Se dio la vuelta y guiando al caballo comenzó a alejarse de mi.
No me volvió a dirigir la palabra y según se alejaba, me puse nervioso y volví a buscar la moto a mi alrededor.  El pasto lo cubría todo y no la veía por ningún lado.  Me desplacé hacia el camino que me había traído hasta este prado, arrastrando los pies, pisando la vegetación y tanteando con las puntas metálicas de las botas el suelo con la esperanza de toparme con la forma maciza de la moto.  Fue inútil y antes de quedarme sólo decidí dejar el casco en medio del camino como un marcador blanco del lugar de mi accidente y me dirigí corriendo detrás de lo que ahora avistaba como la tenue silueta del caballo.
—Pero bueno, ¿cómo han atravesado estos matorrales?
A pocos metros me enzarcé con una ramas secas que se proyectaban como lanzas. No tuve más remedio que desengancharme y de buscar la forma de continuar en la dirección general en que caminaban, rodeando este obstáculo y otros más que iban surgiendo inesperadamente ya que estaba seguro de que les seguía las huellas y que tenían que haber pasado por ahí." —Capítulo iii.




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