lunes, 1 de septiembre de 2014

Potentes y ágiles motos de Enduro


"—¿Qué hago con mis botas puestas?  Cada bota era un blindaje que protegía mi pie, tobillo y espinilla principalmente de ser machacados por piedras que arrollaba en los intensos ascensos de montaña.   En más de una ocasión me habían salvado de desgracia mayor al caer con moto y todo quedando con una pierna aplastada entre el bloque del motor ardiente y algún pedrusco.   Montar en moto de campo era una afición que cultivé viviendo en este país.  Un primo nos organizó un día a uno de mis hermanos y a mi un paseo en motos a través de los Valles del Tuy.  Los senderos por los que recorrimos los habían abierto años atrás la compañía eléctrica para prestarle mantenimiento a las torres de tendidos eléctricos que atravesaban en línea recta las cimas, laderas y valles de esas cordilleras tupidas con selva.  Con las lluvias de cada verano los caminos se erosionaban y quedaban intransitables excepto para los que las remontábamos con potentes y ágiles motos de enduro.  La fiebre me impulsó a comprar a un íntimo de la familia su Honda XR 250, modelo del año ‘89 caracterizado por el color rojo del depósito de combustible.  Se la pagué a plazos que fui saldando por varios meses según cobraba el sueldo de mi primer trabajo fijo.  Al igual que no montaba sin casco, no montaba sin las botas.  Por ende, el casco y las botas solo las usaba cuando andaba en moto. Pero ahora ni veía la moto, ni veía el casco blanco.  En cualquier caso, llegué a la conclusión de que la moto no podía estar lejos.  No tenía idea que hacía en esa llanura en medio de la nada pero me dispuse a averiguarlo."  —Capítulo i.
Nota del autor: la edición disponible en Amazon varía con respecto a las anteriores en que el capítulo xvii ha pasado a ser el capítulo i y se ha omitido la versión original del capítulo i. También se ha añadido títulos a cada capítulo. Los textos sobre estas líneas ya no son parte del capítulo i.– Media mañana, Domingo 17 de abril