jueves, 17 de abril de 2014

Le encontrará en la casa de la familia Gambra


"Su santidad normalmente no hubiese desperdiciado el aliento en subir al sabayao ese en que ahora se encontraba para acabar con la riña entre el joven Renovales y el roncalés de turno. Es más, poco le importaba mediar en las broncas que se armaban entre el intempestivo de Tomás con estos labriegos del pueblo. Al fraile Nicolás Uriz de Navarra ya le costaba aceptar el parentesco entre Renovales el Mozo y Renovales el Adelantado. Para él eran como la noche y el día. Mariano de Renovales, con su exaltada personalidad, era de vociferar órdenes, de hervir de rabia frente al enemigo o de sonrojar ante la sonrisa de una dama. Sus modos eran ruidosos y rudos, sin embargo su empatía hacía los demás —en especial su afán por ayudar al prójimo, de luchar por el bien de la mancomunidad con absoluto desinterés hacia su hacienda personal— le hacían merecedor del respecto y confianza de todos bajo su mando. 

Al joven lo percibía Uriz como distante y de difícil lectura exceptuando por la impecable disciplina marcial que demostraba, siendo incuestionable su lealtad hacia el tío. Uriz supuso que la terrible experiencia vivida en Zaragoza fue responsable de haber borrado cualquier espíritu de alegría en la faz del muchacho. En cambio, el rostro de Tomás no delataba sentimiento alguno, ni de felicidad ni de amargura, siquiera de displicencia. Cuando reía —como acaba de hacer muestra a costa del fraile al interponerse éste entre los que se alzaban a puños— su cara permanecía muda y el sonido de la risa forzaba su paso entre una boca que no se dejaban fruncir. 

Lo que reventaba a Uriz era la mirada que tenía Tomás reservada para él. Consistía únicamente en una ligera contracción de las pupilas que al cruzar con las suyas apuñalaba el alma del fraile. Se la acababa de lanzar en ese momento y ocasionaron en él una rabieta de celos. Celos, porque al fraile no le cabía como este chaval de ideas tan rectas e inamovibles era a quién acudía Mariano de Renovales cuando necesitaba consejo. El sobrino era confidente de las emociones y pensamientos más privados del brigadier, privilegio que Uriz ahora anhelaba al encontrarse a su servicio como escribano. Intuía que algo importante se tenía que estar cociendo entre las cejas del brigadier. 

Seguramente estaba a punto de tomar alguna decisión importante y la quería primero consultar con el sobrino. De otra forma no hubiera mandado buscar a Renovales el Mozo. He le ahí, pues, sin aliento y en lo más alto de la casa esa, en la cima de aquellos peldaños cuyas astillas atentaron contra unos pies descalzos todavía habituados al suelo de piedra del convento en la villa de Los Arcos. 

—Su tío lo manda llamar. 

Estas palabras sirvieron de catalizador para la reconciliación entre los contendientes. Tomás fijó su mirada sobre los ojos de su contrario y al unísono ambos extendieron la mano derecha para sellar con un fuerte apretón el cese de las hostilidades. Así era el respeto que infundía Mariano de Renovales entre estas personas. Fuera cual fuera la áspera impertinencia de Tomás de Renovales que provocó la bronca ahora quedaba olvidada. Este asunto era más importante.  

Tras limpiase la cara con un paño húmedo contestó: 

—Después de usted, fray Nicolás. 

—Siga, siga, que yo bajaré despacio y a don Mariano le urge hablar con usted. Le encontrará en la casa de la familia Gambra." —Capítulo xii.
 


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