sábado, 19 de abril de 2014

Un fandango de Huelva

Nota de autor acerca de la foto: Detalle de diapositiva que tomé de Paco de Lucía en el Teresa Carreño, Caracas, 1994. Utilicé el humo en la foto para crear el collage de la cubierta de "Tiznados".

Nota de autor acerca de la imagen: Portada original de la primera edición.


"Se acabó lo que se daba. Sentí un gran alivio encontrarme de nuevo a oscuras, en el lecho del campamento y en compañía de la vieja de los ojos nublados. Rompí el hechizo, la veía tal cual sin que me estuviese tocando, no más espejismos.
—Me libré de su tarrayada, señora.
—Así veo, así veo.
—¿Pero como me lleva ahí con ese sujeto? Si es un impostor, era todo una farsa.
Me vinieron a la mente escenas que presencié esa mañana de Guarenas en aquel claustrofóbico y oscuro cuarto de santo. El altar lleno de velas encendidas, botellas de licor, figuras cristianas y santeras: una virgen morena, un niño Jesús, un José Gregorio. Habían fotos, retratos de personas, que pensé serían parientes fallecidos de los presentes. Estaban las señales delatoras de esa secta: patas de conejo, plumas de gallo, pequeños recipientes de cristal con sangre. Me hicieron quitar el cinturón y el reloj de pulsera que llevaba, ambos lo único negro que vestía. Ellos nunca usaban prendas negras. Tampoco querían cosas de color negro dentro del cuarto de santo. Hasta a la pobre figura tallada del doctor José Gregorio la tenían pintada luciendo sombrero de copa, saco y corbata blancos. Me extrañó la coincidencia que la cámara de grabar video que trajo Sandra cumplía el requisito al no ser totalmente de color negro. Era un modelo Canon de gama alta que se fabricaba en un color nada habitual para esos aparatos: beige y gris claros. El Materia hizo la vista gorda con las pocas partes negras que tenía el aparato, por ejemplo el visor y la punta del lente.
Reviví el suceso del hombre mordiendo el cuello de una botella de ron hasta hacerla partir con los dientes. Luego lo vi masticar el vidrio y hacer que tragaba, pasándose la mano en frente de la boca como amago de limpiarse pero en verdad discretamente desembuchando los pedazos de cristal roto. Se hacía pasar largos alfileres entre la piel de los dedos, de la cara y del cuello. Bebía tragos de la botella rota y escupía, rociándonos de alcohol y sangre. Si sangre, porque recuerdo que horas más tarde al salir estaban manchadas mi ropa y mi piel descubierta con pequeñísimas pecas del color de la sangre seca.
Los presentes le pedían hablar con sus seres queridos y él convocaba a esos espíritus difuntos para que se manifestasen tomando posesión de su cuerpo. Para demostrarnos el alcance de su don mandó llamar al espíritu de alguna que fue en vida cortesana en Buckingham.  Pero el sonido que empezó a salir de su boca no era ni inglés ni don de lenguas ni nada. Yo miraba para atrás y observaba a su público, alucinando en un trance, que todo lo que absorbían esos ojos y esos oídos era verdad y no era mi lugar decir lo contrario. Me hizo cantar, y canté una sevillana. Si me lo hubiera pedido, me plantaba ahí con la guitarra y lo acompañaba con un fandango de Huelva. Era todo un fraude, un macabro espectáculo en el que nos vimos obligados a participar como pasatiempo de esas almas olvidadas de Dios. Así se lo reclamé a la vieja de los ojos nublados.
—Dios no se olvida de nadie, «mi’jo». El que te miraba desde lo alto de ese cerro puede ser lo que sea, yo solo veo lo que veo y usted ya conoce mi don. Lo que importa ahora es que su merced siga con nosotros hasta el amanecer."—Capítulo ix.






 

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