Nota de autor acerca de la foto: Detalle de diapositiva que tomé de Paco de Lucía en el Teresa Carreño, Caracas, 1994. Utilicé el humo en la foto para crear el collage de la cubierta de "Tiznados".
Nota de autor acerca de la imagen: Portada original de la primera edición.
"Se
acabó lo que se daba. Sentí un gran alivio encontrarme de nuevo a oscuras, en
el lecho del campamento y en compañía de la vieja de los ojos nublados. Rompí
el hechizo, la veía tal cual sin que me estuviese tocando, no más espejismos.
—Me
libré de su tarrayada, señora.
—Así
veo, así veo.
—¿Pero
como me lleva ahí con ese sujeto? Si es un impostor, era todo una farsa.
Me
vinieron a la mente escenas que presencié esa mañana de Guarenas en aquel
claustrofóbico y oscuro cuarto de santo. El altar lleno de velas encendidas,
botellas de licor, figuras cristianas y santeras: una virgen morena, un niño
Jesús, un José Gregorio. Habían fotos, retratos de personas, que pensé serían
parientes fallecidos de los presentes. Estaban las señales delatoras de esa
secta: patas de conejo, plumas de gallo, pequeños recipientes de cristal con sangre.
Me hicieron quitar el cinturón y el reloj de pulsera que llevaba, ambos lo
único negro que vestía. Ellos nunca usaban prendas negras. Tampoco querían
cosas de color negro dentro del cuarto de santo. Hasta a la pobre figura
tallada del doctor José Gregorio la tenían pintada luciendo sombrero de copa,
saco y corbata blancos. Me extrañó la coincidencia que la cámara de grabar
video que trajo Sandra cumplía el requisito al no ser totalmente de color
negro. Era un modelo Canon de gama alta que se fabricaba en un color nada
habitual para esos aparatos: beige y gris claros. El Materia hizo la vista
gorda con las pocas partes negras que tenía el aparato, por ejemplo el visor y
la punta del lente.
Reviví
el suceso del hombre mordiendo el cuello de una botella de ron hasta hacerla
partir con los dientes. Luego lo vi masticar el vidrio y hacer que tragaba,
pasándose la mano en frente de la boca como amago de limpiarse pero en verdad
discretamente desembuchando los pedazos de cristal roto. Se hacía pasar largos
alfileres entre la piel de los dedos, de la cara y del cuello. Bebía tragos de
la botella rota y escupía, rociándonos de alcohol y sangre. Si sangre, porque
recuerdo que horas más tarde al salir estaban manchadas mi ropa y mi piel
descubierta con pequeñísimas pecas del color de la sangre seca.
Los
presentes le pedían hablar con sus seres queridos y él convocaba a esos
espíritus difuntos para que se manifestasen tomando posesión de su cuerpo. Para
demostrarnos el alcance de su don mandó llamar al espíritu de alguna que fue en
vida cortesana en Buckingham. Pero
el sonido que empezó a salir de su boca no era ni inglés ni don de lenguas ni
nada. Yo miraba para atrás y observaba a su público, alucinando en un trance,
que todo lo que absorbían esos ojos y esos oídos era verdad y no era mi lugar
decir lo contrario. Me hizo cantar, y canté una sevillana. Si me lo hubiera
pedido, me plantaba ahí con la guitarra y lo acompañaba con un fandango de
Huelva. Era todo un fraude, un macabro espectáculo en el que nos vimos obligados
a participar como pasatiempo de esas almas olvidadas de Dios. Así se lo reclamé
a la vieja de los ojos nublados.
—Dios
no se olvida de nadie, «mi’jo». El que te miraba desde lo alto de ese cerro
puede ser lo que sea, yo solo veo lo que veo y usted ya conoce mi don. Lo que
importa ahora es que su merced siga con nosotros hasta el amanecer." —Capítulo ix.
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