"—Cayad, ruines. ¿Habéis estado riñendo otra vez por diferencias de patria? ¿Acaso cada aldea, cada lugar en estos países de Vasconia y de Navarra es reino soberano? ¿Es república? ¿Qué fue que os contestó este noble hijo de Navarra, que sois un vizcaíno corto de ideas y tarugo? ¿O acaso éste que se dice hidalgo de Artzentales puso en duda los fueros ganados en batalla a los moros de Abderramán? El mismo príncipe moro que regresando de su paso por Francia fue capturado por estos hombres orgullosos y por la gracia de Dios fue despachado por manos de una de sus bravas mujeres de Urzainqui. Todo esto a pocas leguas de aquí, río abajo sobre el puente medieval en Yesa. ¡Ave María, Padre y Espíritu Santo!
De repente pensar en la cabeza del príncipe morisco dar tumbos sobre el suelo de piedra hacia el margen izquierdo —camino al infierno— angustió tanto al fraile que éste se persignó de inmediato para protegerse del Diablo. Este movimiento lo hizo tan rápido que se dejó al Hijo fuera. Seguidamente continuó con su reproche a los presentes:
—Dejad vuestras niñerías, que para eso sois ante todo leales a Castilla y súbditos de un rey ahora cautivo, Fernando Séptimo. Ahorrad vuestra sangre y haced buen uso de ella como demostrasteis quincena atrás sin vacilar siquiera una gota, cargando a bayoneta limpia contra las tropas de Puisalis que aquí nos sorprendieron convergiendo desde tantas direcciones como hay varillas en un abanico. Tras dos días de harta lucha los terminamos arrinconando contra la alta roca llamada Undari. Aniquilasteis en este valle del Roncal a las tropas escogidas personalmente en Pamplona por el General Jefe del rey impostor en esa plaza, D’Agoult.
De reír Renovales pasó a retirar sus pensamientos al silencio del recuerdo de esta reciente acción que sirvió como bautizo de fuego para esta generación de montañeses. Bajo el mando de su tío paterno, Mariano de Renovales, ellos todos habían plantado cara en estas montañas de Navarra y de Aragón al dominio imperial de Napoleón. Aquella ladera amaneció un 23 de mayo de 1809 cubierta de cuerpos que la noche anterior perecieron desangrados. Para cuando se levantó la neblina, los roncaleses y ansotanos ya habían evacuado a sus heridos y muertos, dejando atrás una ladera sembrada con cadáveres espetados de granaderos cazadores franceses. Fue a través de esta temprana neblina que Tomás de Renovales divisó la silueta de una mujer alzando con su brazo la cabeza cortada de un soldado enemigo. Esta escena estaba arraigada en la psique de esta gente. La cabeza morisca del canciller del califa se representaba tallada en piedra en el escudo de armas sobre las fachadas de las casas nobles de este pueblo del pirineo navarro. En el año uno de la memoria colectiva por aquí cruzó un ejército musulmán proveniente de las tierras conquistadas al sur, exigiendo tributo y forzando subyugación. La leyenda data de la época en que un califa cordobés, súbdito del sultán de Damasco, ordenó a uno de sus fieles generales a buscar tributo en los reinos al norte. Las fuerzas moriscas lideradas por un tal Abderramán llegaron hasta Francia y eligieron usar este paso de montañas para regresar con su valiosa carga a sus dominios y ya de paso exigir el pago del tributo a los roncaleses. Los hombres roncaleses no dudaron en presentar batalla a los moros, no sin antes cada uno retornar a sus respectivos hogares y como medida preventiva contra un mal mayor, decidirse a pasar a cuchillo a los hijos y esposas. Las roncalesas, no estando de acuerdo dejarse ajusticiar ellas y sus crianças por sus maridos decidieron protestar la decisión y optaron por armas a tomar. Se cortaron las trenzas, se ataviaron con ropas masculinas, mandaron a los niños esconderse al bosque monte para arriba y arma en mano acompañaron a sus hombres al campo de batalla.
Vencieron y emprendieron persecución a sus enemigos que escapaban desordenadamente río abajo. Siguieron el curso que en la parte alta del valle de Roncal llaman Belagua y en la parte baja Esca, río cuyo paso inmisericorde ha tallado escarpados y estrechos desfiladeros o fozes en estos alpes pirenaicos hasta verter su valioso tributo sobre el río Aragón. Precisamente en este punto lograron capturar vivo al príncipe morisco que corría con sus hombres para salvar los también tesoros y bienes que había llegado a recaudar antes de toparse con los fieros roncaleses. Éstos se reunieron en asamblea para decidir el destino del prisionero. Mientras los hombres debatían la suerte del noble moro que retenían maniatado sobre el puente de piedra medieval en Yesa que unía los bancos del río Aragón, una de las amazonas roncalesas se impacientó y con su espada ejecutó al cautivo, de un golpe haciéndole rodar la cabeza.Todavía con la visión de aquel perfil de mujer alzando la cabeza sobre el campo de batalla, Renovales pensó en alto:
—Mujeres duras. Rectas como el trigo, dignas de hombres de acción. No daremos cuartel al enemigo. Resistiremos y venceremos." —Capítulo xi.
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