viernes, 18 de abril de 2014

Carlos era quien recibía al grupo en su hato



"El cuarto amaneció helado. Andrés se levantó de la cama y se dirigió a la pared de la habitación para bajar el interruptor del aire acondicionado.  El ambiente se volvió caliente y húmedo tan pronto dejó de soplar y rugir el viejo aparato que se encontraba empotrado en el muro.  Aun con la ventana cerrada, el frío se filtraba al exterior por las ranuras que dejaban sus filas de estrechos cristales movibles.  Por eso la habitación contaba con un aparato sobre dimensionado para el espacio que albergaba, de gran consumo y potencia en frigorías, y habiendo estado funcionando toda la noche bajó la temperatura a un nivel intolerable. 
Con una mano corrió la cortina hacia un lado y con la otra jaló la palanca de aluminio del marco de la ventana para hacer girar las hojas de cristal a su posición abierta.  Asomó la vista a un pequeño patio rodeado por un alto muro.  Por encima se apreciaban las copas entrelazadas de unos árboles que a través de su espesa carga de ramas y de hojas hacían de harnero a los rayos de sol que surgían en el horizonte.  En el centro del patio había una alberca con agua rebosando el borde del metro y pico que sobresalía del suelo.  Parecía más un abrevadero por su forma larga y estrecha.  Habían algunas sillas de jardín dispuestas en círculo alrededor de una hielera de plástico roja de gran tamaño ahora también llena de agua y con latas de cerveza flotando en su interior.  En el suelo quedaban unas botellas vacías de ron añejo Selecto y otras de «pecho cuadrao», una docena de vasos altos todavía con sus fonditos oscuros sin terminar y un par de ceniceros sucios rebosando de colillas. 
Habían pasado la noche en ese patio sumergidos en una alargada tertulia acompañados por el cielo forrado de estrellas y por una continua ronda de palos de ron y de cervezas.  Se alternaban entre sentarse dentro de la alberca o situarse alrededor de la cava roja que estaba a hasta arriba de hielo, enfriando latas de cerveza y botellas de pepsicola.  Andrés no se acordó de la hora en que se retiró a la habitación.  Sólo que la conversación se fue profundizando en temas filosóficos y metafísicos a medida que pasaban las horas y se acababan la panela de hielo, un gran bloque macizo que picaban en pedacitos para poder llenar los vasos hasta el tope antes de servirse el siguiente trago. 
El grupo de amigos había llegado la noche anterior repartidos en tres camionetas 4x4 que manejaron en caravana y casi sin parar desde que salieron de la capital.  Andrés traía una Toyota machito de dos puertas.  El reducido espacio de carga de su camioneta lo complementó ordenando a uno de sus empleados viajar la madrugada anterior, desde su hacienda de cacao en Barlovento, con un camión Dodge Ram 3500 superduty. Vino cargado con tres motos de campo y varios baúles llenos de equipos y suministros necesarios para el despliegue operativo que habían organizado para el fin de semana.  Al llegar tan de noche el viernes, decidieron acostarse para aprovechar al completo la jornada siguiente.  Carlos era quien recibía al grupo en su hato y tenía planeado una jornada divertida, con paseos a caballo por el Llano y barbacoa al mediodía.  Hasta había organizado la tarde para que el grupo cabalgase junto a los llaneros que trabajaban en el hato y participasen arreando varias decenas de cabezas de ganado media docena de kilómetros, para conducirlos a unos abrevaderos.  Por tanto la noche del sábado el grupo de amigos pudo disfrutar de una rica cena con punta y lomo de res a la parrilla que se alargó en una entretenida sesión de compartir las laboriosas y ricas experiencias del día, sentados alrededor de la pequeña alberca y refugiándose dentro de ella cuando sentían que el calor acechaba o que la plaga de mosquitos y de comején se intensificaba." —Capítulo ii.



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