domingo, 20 de abril de 2014

¡«Arrayua»! ¡Levanta hombre!



"Rezamos un Padre Nuestro y lo que parecía como el comienzo del rosario ya que seguimos con Ave Marías. Callé cuando arrancó con preces dedicadas a la Virgen del Pilar que sumergieron su espíritu en un profundo estado de meditación.  A medida que progresaba con la letanía, su voz se fue haciendo más tenue hasta convertirse en un murmullo lánguido que contrastaba con la intensidad de su devoción. El manojo de dedos entrelazados que apoyaba sobre sus labios amortiguaba las ondas que emanaban de su cuerdas vocales. Una especie de guijarro que yacía en el suelo en frente a mí comenzó a vibrar en resonancia armónica con este zumbido. Su superficie plana se alteró emitiendo desde su interior un resplandor plateado que se difuminaba a través de los surcos de su relieve grabado.
Era el medallón y ahora se dejaba ver ante mis ojos. El centro estaba adornado con la silueta de una madonna cargando con su brazo derecho a su recién nacido y portando una corona cuyo halo radiaba una estrella de mil puntas. Me acerqué y con las yemas de los dedos acaricié su superficie. Tan pronto la toqué la prenda de plata se pegó a la palma de mi mano como lo haría un cuerpo imantado con otro de polo opuesto. En ese instante sentí un impulso eléctrico atravesar mi cuerpo con la fuerza de un rayo, desde la muñeca izquierda hasta el corazón, generando un catastrófico espasmo muscular que paralizó mi pulso, mi aliento y mis neuronas. Fui incapaz de resistir este estallido de energía y con la mirada congelada en el medallón me desplomé.
Estaba a oscuras y en silencio, inmerso en el vacío más profundo, o por lo menos eso es lo que me pareció. De repente a mis oídos llegó la siguiente exclamación:
—¡«Arrayua»! ¡Levanta hombre! Que también lo has dejado tumbado en el suelo. ¡Levanta Tomás y termina con la pelea!
Antes de poder deducir el contexto de estas palabras me vino a la mente una noción terrorífica. Era capaz de entenderlas a pesar de que me las estaban dirigiendo en vascuence." —Capítulo x.



 

Miseria de hombre libre!


"—Le costó a Fermín la vida salvar las de sus hermanos. Que fuerte.
—Su sacrificio salvó a muchos. Rescató a unos cuantos de aquella cuerda con la que nos conducían a Francia. Para los gabachos no éramos más que harapos vivientes. ¡Tanta miseria sufrida durante el último sitio de Zaragoza!  ¡Pero por lo menos miseria de hombre libre! Encontrarme atado a una cuerda como esclavo era peor que ir camino al paredón.  Gracias a Fermín Gambra y a estos hombres roncaleses me fue devuelta la libertad y con renovado aliento proseguí con la resistencia armada contra el invasor.  Gracias a Pedro Francisco y a Sebastián Gambra que los fueron a buscar, por encontrarse ambos en Zaragoza estudiando en la universidad en la víspera de los sitios.
—¿Qué hacía usted en Zaragoza, también estudiaba en la universidad?
—Yo me presenté como voluntario acompañando a mi tío. Él acababa de regresar a Artzentales después de una ausencia de casi 18 años haciendo las américas. De joven emigró a Buenos Aires donde hizo fortuna y logró distinguirse sirviendo en la milicias. Volvió a Vizcaya luciendo un imponente uniforme de oficial de ese ejército americano, con senda condecoración que llevaba prendida sobre la manga izquierda. Una medalla de oro con las armas de Buenos Aires. Se la otorgó el Cabildo de esa ciudad unos meses antes por sus méritos en la acción de Perdriel y en la reconquista de esta capital del virreinato del Rió de la Plata, habiendo servido bajo el mando de Juan Martín de Pueyrredón en la defensa contra el invasor inglés. Estando en nuestra casa solariega del valle de Artzentales, en las Encartaciones de Vizcaya, nos llegaron noticias del levantamiento del 2 de mayo en Madrid y de las proclamas en Zaragoza de resistencia. Universitarios como los Gambra se habían movilizado a favor de Fernando VII y en contra de Godoy y de los franceses.  A nuestra llegada a esta plaza, una granada reventó cerca de nosotros creando gran destrozo y confusión entre los defensores que ahí se nos plantaron.  No nos conocían y nos habían confundido por el enemigo.  Mi tío enseguida tomó el control de la situación y desde ese primer momento se hizo merecedor de la admiración de muchos por su aguerrido liderazgo.
—Ese tío suyo es todo un personaje. ¡Cuente más!
Renovales levantó la rodilla y giró sobre su costado, terminando por arrodillarse en frente del santuario improvisado. Al presenciar su gesto yo hice lo mismo.
—No van a ver horas esta noche para saciar tu curiosidad. Recemos para que la virgen nos guíe y nos proteja. Dios mediante habrá tiempo de sobra mañana para seguir con la plática." —Capítulo x.
 


sábado, 19 de abril de 2014

Un fandango de Huelva

Nota de autor acerca de la foto: Detalle de diapositiva que tomé de Paco de Lucía en el Teresa Carreño, Caracas, 1994. Utilicé el humo en la foto para crear el collage de la cubierta de "Tiznados".

Nota de autor acerca de la imagen: Portada original de la primera edición.


"Se acabó lo que se daba. Sentí un gran alivio encontrarme de nuevo a oscuras, en el lecho del campamento y en compañía de la vieja de los ojos nublados. Rompí el hechizo, la veía tal cual sin que me estuviese tocando, no más espejismos.
—Me libré de su tarrayada, señora.
—Así veo, así veo.
—¿Pero como me lleva ahí con ese sujeto? Si es un impostor, era todo una farsa.
Me vinieron a la mente escenas que presencié esa mañana de Guarenas en aquel claustrofóbico y oscuro cuarto de santo. El altar lleno de velas encendidas, botellas de licor, figuras cristianas y santeras: una virgen morena, un niño Jesús, un José Gregorio. Habían fotos, retratos de personas, que pensé serían parientes fallecidos de los presentes. Estaban las señales delatoras de esa secta: patas de conejo, plumas de gallo, pequeños recipientes de cristal con sangre. Me hicieron quitar el cinturón y el reloj de pulsera que llevaba, ambos lo único negro que vestía. Ellos nunca usaban prendas negras. Tampoco querían cosas de color negro dentro del cuarto de santo. Hasta a la pobre figura tallada del doctor José Gregorio la tenían pintada luciendo sombrero de copa, saco y corbata blancos. Me extrañó la coincidencia que la cámara de grabar video que trajo Sandra cumplía el requisito al no ser totalmente de color negro. Era un modelo Canon de gama alta que se fabricaba en un color nada habitual para esos aparatos: beige y gris claros. El Materia hizo la vista gorda con las pocas partes negras que tenía el aparato, por ejemplo el visor y la punta del lente.
Reviví el suceso del hombre mordiendo el cuello de una botella de ron hasta hacerla partir con los dientes. Luego lo vi masticar el vidrio y hacer que tragaba, pasándose la mano en frente de la boca como amago de limpiarse pero en verdad discretamente desembuchando los pedazos de cristal roto. Se hacía pasar largos alfileres entre la piel de los dedos, de la cara y del cuello. Bebía tragos de la botella rota y escupía, rociándonos de alcohol y sangre. Si sangre, porque recuerdo que horas más tarde al salir estaban manchadas mi ropa y mi piel descubierta con pequeñísimas pecas del color de la sangre seca.
Los presentes le pedían hablar con sus seres queridos y él convocaba a esos espíritus difuntos para que se manifestasen tomando posesión de su cuerpo. Para demostrarnos el alcance de su don mandó llamar al espíritu de alguna que fue en vida cortesana en Buckingham.  Pero el sonido que empezó a salir de su boca no era ni inglés ni don de lenguas ni nada. Yo miraba para atrás y observaba a su público, alucinando en un trance, que todo lo que absorbían esos ojos y esos oídos era verdad y no era mi lugar decir lo contrario. Me hizo cantar, y canté una sevillana. Si me lo hubiera pedido, me plantaba ahí con la guitarra y lo acompañaba con un fandango de Huelva. Era todo un fraude, un macabro espectáculo en el que nos vimos obligados a participar como pasatiempo de esas almas olvidadas de Dios. Así se lo reclamé a la vieja de los ojos nublados.
—Dios no se olvida de nadie, «mi’jo». El que te miraba desde lo alto de ese cerro puede ser lo que sea, yo solo veo lo que veo y usted ya conoce mi don. Lo que importa ahora es que su merced siga con nosotros hasta el amanecer."—Capítulo ix.






 

viernes, 18 de abril de 2014

Coleando como pez fuera del agua



"La escaramuza imaginaria duró unos segundos hasta que para mi más absoluta sorpresa, de repente no sólo volví a ver al tinte matalón, sino que pude oler el sudor, oír el rechinar y hasta sentí temblar la tierra por el pataleo del animal, éste quejándose amargamente al volver a apoderarse el hombre con toda su fuerza de las riendas.
Si no descargué todo el repertorio de palabrotas, ordinarieces que había acumulado tras años de instrucción en los patios del colegio, no dije nada.  Me quedé afónico del asombro, porque si este hombre me había acusado antes de hechicero, él ahora demostraba ser todo un mago haciendo reaparecer la bestia equina sobre el escenario.
El hombre una vez pudo contener al caballo de su brío se dirigió de nuevo a mi diciendo:
—Vaya lengua cebada con estiércol que sueltas.  No he oído jamás majaderías tales y Dios me guarde de tener que volver a soportar semejantes palabrejas.
—Pues no se acerque, que es usted el que juega a ser mago y esta no es hora ni sitio para andar con pantomimas.
—Muchacho, contén los estribos. Sugiero mantengamos nuestra distancia para así dirigirnos como caballeros. Evitemos la confrontación que nos ha servido la mala fortuna en este encuentro nocturno.
—Pues bien, hablemos. —Y con esas palabras me volví a poner de pie, sacudiéndome los codos y antebrazos de tierra y de espigas que ahora me picaban por el revolcón que me había dado sobre el pasto tan alto.
—Tan pronto yo le de una explicación le pido que usted me corresponda con la misma cortesía.
Con su señal de afirmación le comencé a contar:
—Para serle sincero, estoy perdido. Busco la casa del hato donde me estoy hospedando y tras el golpe que me he dado me encuentro aturdido, desorientado.
Miré a mi alrededor en busca de la moto pero seguía sin verla.  Regrese la mirada al individuo y continué:
—Le aseguro que no poseo los talantes que me atribuye. No pertenezco a ninguna partida, ni secta ni de nada de eso, si acaso peco por ser de la capital y aquí en la noche del Llano me encuentro coleando como pez fuera del agua.
—La noche juega con nosotros, las sombras nos cubren los ojos con un manto haciéndonos ver lo que no es.
—Tendrá razón —contesté—. No debía de haberme alejado de esta forma de la casa. ¿Y usted que hace por aquí a estas horas?
—Salí en busca de esta montura. La dejé paciendo en este prado. Tan pronto le puse el aparejo, el animal te encontró.
Me extrañó que lo estuviera recogiendo a estas horas y le pregunté el por qué.  El me respondió con un:
—Haces muchas preguntas.  Acompáñame porque esta no es noche para andar sólo en la llanura.  Si procedes de la capital tenemos mucho de que hablar.
—¿A donde se dirige?
Se limitó con contestar con un:
—Caminemos.
Se dio la vuelta y guiando al caballo comenzó a alejarse de mi.
No me volvió a dirigir la palabra y según se alejaba, me puse nervioso y volví a buscar la moto a mi alrededor.  El pasto lo cubría todo y no la veía por ningún lado.  Me desplacé hacia el camino que me había traído hasta este prado, arrastrando los pies, pisando la vegetación y tanteando con las puntas metálicas de las botas el suelo con la esperanza de toparme con la forma maciza de la moto.  Fue inútil y antes de quedarme sólo decidí dejar el casco en medio del camino como un marcador blanco del lugar de mi accidente y me dirigí corriendo detrás de lo que ahora avistaba como la tenue silueta del caballo.
—Pero bueno, ¿cómo han atravesado estos matorrales?
A pocos metros me enzarcé con una ramas secas que se proyectaban como lanzas. No tuve más remedio que desengancharme y de buscar la forma de continuar en la dirección general en que caminaban, rodeando este obstáculo y otros más que iban surgiendo inesperadamente ya que estaba seguro de que les seguía las huellas y que tenían que haber pasado por ahí." —Capítulo iii.




Carlos era quien recibía al grupo en su hato



"El cuarto amaneció helado. Andrés se levantó de la cama y se dirigió a la pared de la habitación para bajar el interruptor del aire acondicionado.  El ambiente se volvió caliente y húmedo tan pronto dejó de soplar y rugir el viejo aparato que se encontraba empotrado en el muro.  Aun con la ventana cerrada, el frío se filtraba al exterior por las ranuras que dejaban sus filas de estrechos cristales movibles.  Por eso la habitación contaba con un aparato sobre dimensionado para el espacio que albergaba, de gran consumo y potencia en frigorías, y habiendo estado funcionando toda la noche bajó la temperatura a un nivel intolerable. 
Con una mano corrió la cortina hacia un lado y con la otra jaló la palanca de aluminio del marco de la ventana para hacer girar las hojas de cristal a su posición abierta.  Asomó la vista a un pequeño patio rodeado por un alto muro.  Por encima se apreciaban las copas entrelazadas de unos árboles que a través de su espesa carga de ramas y de hojas hacían de harnero a los rayos de sol que surgían en el horizonte.  En el centro del patio había una alberca con agua rebosando el borde del metro y pico que sobresalía del suelo.  Parecía más un abrevadero por su forma larga y estrecha.  Habían algunas sillas de jardín dispuestas en círculo alrededor de una hielera de plástico roja de gran tamaño ahora también llena de agua y con latas de cerveza flotando en su interior.  En el suelo quedaban unas botellas vacías de ron añejo Selecto y otras de «pecho cuadrao», una docena de vasos altos todavía con sus fonditos oscuros sin terminar y un par de ceniceros sucios rebosando de colillas. 
Habían pasado la noche en ese patio sumergidos en una alargada tertulia acompañados por el cielo forrado de estrellas y por una continua ronda de palos de ron y de cervezas.  Se alternaban entre sentarse dentro de la alberca o situarse alrededor de la cava roja que estaba a hasta arriba de hielo, enfriando latas de cerveza y botellas de pepsicola.  Andrés no se acordó de la hora en que se retiró a la habitación.  Sólo que la conversación se fue profundizando en temas filosóficos y metafísicos a medida que pasaban las horas y se acababan la panela de hielo, un gran bloque macizo que picaban en pedacitos para poder llenar los vasos hasta el tope antes de servirse el siguiente trago. 
El grupo de amigos había llegado la noche anterior repartidos en tres camionetas 4x4 que manejaron en caravana y casi sin parar desde que salieron de la capital.  Andrés traía una Toyota machito de dos puertas.  El reducido espacio de carga de su camioneta lo complementó ordenando a uno de sus empleados viajar la madrugada anterior, desde su hacienda de cacao en Barlovento, con un camión Dodge Ram 3500 superduty. Vino cargado con tres motos de campo y varios baúles llenos de equipos y suministros necesarios para el despliegue operativo que habían organizado para el fin de semana.  Al llegar tan de noche el viernes, decidieron acostarse para aprovechar al completo la jornada siguiente.  Carlos era quien recibía al grupo en su hato y tenía planeado una jornada divertida, con paseos a caballo por el Llano y barbacoa al mediodía.  Hasta había organizado la tarde para que el grupo cabalgase junto a los llaneros que trabajaban en el hato y participasen arreando varias decenas de cabezas de ganado media docena de kilómetros, para conducirlos a unos abrevaderos.  Por tanto la noche del sábado el grupo de amigos pudo disfrutar de una rica cena con punta y lomo de res a la parrilla que se alargó en una entretenida sesión de compartir las laboriosas y ricas experiencias del día, sentados alrededor de la pequeña alberca y refugiándose dentro de ella cuando sentían que el calor acechaba o que la plaga de mosquitos y de comején se intensificaba." —Capítulo ii.



jueves, 17 de abril de 2014

Le encontrará en la casa de la familia Gambra


"Su santidad normalmente no hubiese desperdiciado el aliento en subir al sabayao ese en que ahora se encontraba para acabar con la riña entre el joven Renovales y el roncalés de turno. Es más, poco le importaba mediar en las broncas que se armaban entre el intempestivo de Tomás con estos labriegos del pueblo. Al fraile Nicolás Uriz de Navarra ya le costaba aceptar el parentesco entre Renovales el Mozo y Renovales el Adelantado. Para él eran como la noche y el día. Mariano de Renovales, con su exaltada personalidad, era de vociferar órdenes, de hervir de rabia frente al enemigo o de sonrojar ante la sonrisa de una dama. Sus modos eran ruidosos y rudos, sin embargo su empatía hacía los demás —en especial su afán por ayudar al prójimo, de luchar por el bien de la mancomunidad con absoluto desinterés hacia su hacienda personal— le hacían merecedor del respecto y confianza de todos bajo su mando. 

Al joven lo percibía Uriz como distante y de difícil lectura exceptuando por la impecable disciplina marcial que demostraba, siendo incuestionable su lealtad hacia el tío. Uriz supuso que la terrible experiencia vivida en Zaragoza fue responsable de haber borrado cualquier espíritu de alegría en la faz del muchacho. En cambio, el rostro de Tomás no delataba sentimiento alguno, ni de felicidad ni de amargura, siquiera de displicencia. Cuando reía —como acaba de hacer muestra a costa del fraile al interponerse éste entre los que se alzaban a puños— su cara permanecía muda y el sonido de la risa forzaba su paso entre una boca que no se dejaban fruncir. 

Lo que reventaba a Uriz era la mirada que tenía Tomás reservada para él. Consistía únicamente en una ligera contracción de las pupilas que al cruzar con las suyas apuñalaba el alma del fraile. Se la acababa de lanzar en ese momento y ocasionaron en él una rabieta de celos. Celos, porque al fraile no le cabía como este chaval de ideas tan rectas e inamovibles era a quién acudía Mariano de Renovales cuando necesitaba consejo. El sobrino era confidente de las emociones y pensamientos más privados del brigadier, privilegio que Uriz ahora anhelaba al encontrarse a su servicio como escribano. Intuía que algo importante se tenía que estar cociendo entre las cejas del brigadier. 

Seguramente estaba a punto de tomar alguna decisión importante y la quería primero consultar con el sobrino. De otra forma no hubiera mandado buscar a Renovales el Mozo. He le ahí, pues, sin aliento y en lo más alto de la casa esa, en la cima de aquellos peldaños cuyas astillas atentaron contra unos pies descalzos todavía habituados al suelo de piedra del convento en la villa de Los Arcos. 

—Su tío lo manda llamar. 

Estas palabras sirvieron de catalizador para la reconciliación entre los contendientes. Tomás fijó su mirada sobre los ojos de su contrario y al unísono ambos extendieron la mano derecha para sellar con un fuerte apretón el cese de las hostilidades. Así era el respeto que infundía Mariano de Renovales entre estas personas. Fuera cual fuera la áspera impertinencia de Tomás de Renovales que provocó la bronca ahora quedaba olvidada. Este asunto era más importante.  

Tras limpiase la cara con un paño húmedo contestó: 

—Después de usted, fray Nicolás. 

—Siga, siga, que yo bajaré despacio y a don Mariano le urge hablar con usted. Le encontrará en la casa de la familia Gambra." —Capítulo xii.
 


miércoles, 16 de abril de 2014

Fueros ganados en batalla a los moros de Abderramán



"—Cayad, ruines. ¿Habéis estado riñendo otra vez por diferencias de patria? ¿Acaso cada aldea, cada lugar en estos países de Vasconia y de Navarra es reino soberano? ¿Es república? ¿Qué fue que os contestó este noble hijo de Navarra, que sois un vizcaíno corto de ideas y tarugo? ¿O acaso éste que se dice hidalgo de Artzentales puso en duda los fueros ganados en batalla a los moros de Abderramán? El mismo príncipe moro que regresando de su paso por Francia fue capturado por estos hombres orgullosos y por la gracia de Dios fue despachado por manos de una de sus bravas mujeres de Urzainqui. Todo esto a pocas leguas de aquí, río abajo sobre el puente medieval en Yesa.  ¡Ave María, Padre y Espíritu Santo! 
De repente pensar en la cabeza del príncipe morisco dar tumbos sobre el suelo de piedra hacia el margen izquierdo —camino al infierno— angustió tanto al fraile que éste se persignó de inmediato para protegerse del Diablo. Este movimiento lo hizo tan rápido que se dejó al Hijo fuera. Seguidamente continuó con su reproche a los presentes: 
—Dejad vuestras niñerías, que para eso sois ante todo leales a Castilla y súbditos de un rey ahora cautivo, Fernando Séptimo. Ahorrad vuestra sangre y haced buen uso de ella como demostrasteis quincena atrás sin vacilar siquiera una gota, cargando a bayoneta limpia contra las tropas de Puisalis que aquí nos sorprendieron convergiendo desde tantas direcciones como hay varillas en un abanico. Tras dos días de harta lucha los terminamos arrinconando contra la alta roca llamada Undari. Aniquilasteis en este valle del Roncal a las tropas escogidas personalmente en Pamplona por el General Jefe del rey impostor en esa plaza, D’Agoult. 
De reír Renovales pasó a retirar sus pensamientos al silencio del recuerdo de esta reciente acción que sirvió como bautizo de fuego para esta generación de montañeses. Bajo el mando de su tío paterno, Mariano de Renovales, ellos todos habían plantado cara en estas montañas de Navarra y de Aragón al dominio imperial de Napoleón. Aquella ladera amaneció un 23 de mayo de 1809 cubierta de cuerpos que la noche anterior perecieron desangrados.  Para cuando se levantó la neblina, los roncaleses y ansotanos ya habían evacuado a sus heridos y muertos, dejando atrás una ladera sembrada con cadáveres espetados de granaderos cazadores franceses.  Fue a través de esta temprana neblina que Tomás de Renovales divisó la silueta de una mujer alzando con su brazo la cabeza cortada de un soldado enemigo.  Esta escena estaba arraigada en la psique de esta gente. La cabeza morisca del canciller del califa se representaba tallada en piedra en el escudo de armas sobre las fachadas de las casas nobles de este pueblo del pirineo navarro.  En el año uno de la memoria colectiva por aquí cruzó un ejército musulmán proveniente de las tierras conquistadas al sur, exigiendo tributo y forzando subyugación. La leyenda data de la época en que un califa cordobés, súbdito del sultán de Damasco, ordenó a uno de sus fieles generales a buscar tributo en los reinos al norte.  Las fuerzas moriscas lideradas por un tal Abderramán llegaron hasta Francia y eligieron usar este paso de montañas para regresar con su valiosa carga a sus dominios y ya de paso exigir el pago del tributo a los roncaleses. Los hombres roncaleses no dudaron en presentar batalla a los moros, no sin antes cada uno retornar a sus respectivos hogares y como medida preventiva contra un mal mayor, decidirse a pasar a cuchillo a los hijos y esposas.  Las roncalesas, no estando de acuerdo dejarse ajusticiar ellas y sus crianças por sus maridos decidieron protestar la decisión y optaron por armas a tomar. Se cortaron las trenzas, se ataviaron con ropas masculinas, mandaron a los niños esconderse al bosque monte para arriba y arma en mano acompañaron a sus hombres al campo de batalla. 
Vencieron y emprendieron persecución a sus enemigos que escapaban desordenadamente río abajo. Siguieron el curso que en la parte alta del valle de Roncal llaman Belagua y en la parte baja Esca, río cuyo paso inmisericorde ha tallado escarpados y estrechos desfiladeros o fozes en estos alpes pirenaicos hasta verter su valioso tributo sobre el río Aragón. Precisamente en este punto lograron capturar vivo al príncipe morisco que corría con sus hombres para salvar los también tesoros y bienes que había llegado a recaudar antes de toparse con los fieros roncaleses. Éstos se reunieron en asamblea para decidir el destino del prisionero. Mientras los hombres debatían la suerte del noble moro que retenían maniatado sobre el puente de piedra medieval en Yesa que unía los bancos del río Aragón, una de las amazonas roncalesas se impacientó y con su espada ejecutó al cautivo, de un golpe haciéndole rodar la cabeza.Todavía con la visión de aquel perfil de mujer alzando la cabeza sobre el campo de batalla, Renovales pensó en alto: 
—Mujeres duras. Rectas como el trigo, dignas de hombres de acción. No daremos cuartel al enemigo. Resistiremos y venceremos." —Capítulo xi.




 

lunes, 14 de abril de 2014

Derrotero hacia puertos de montaña



"Precisamente esta ruta de retorno a los pastos de verano del valle de Roncal fue la que tomaron los hermanos Gambra tras su liberación en Caparroso. Remontaron a toda prisa el cauce del Aragón en plena oscuridad. Alcanzada la segunda jornada de marcha tornaron hacia el de su afluente, el Esca, siguiendo su violento curso que había partido estas montañas en sendas fozes. 
Tomás de Renovales marchaba junto con estos hombres y a duras penas lograba mantener el ritmo de la huida. Con la ayuda de otro compañero en armas cargaban a cuestas a su tío Mariano que hervía con fiebres y a ratos desvanecía. Fue tal el esfuerzo de Tomás que tras jornada y media también comenzó a sufrir del delirio de las fiebres y a sentir que le flaqueaban las fuerzas. Las penurias sufridas durante los nueve meses de asedios contribuyeron a descomponer la salud de estos hombres de acción, pero no su fe. Zaragoza casi sin fortificación la defendía el nutrido río Ebro por el norte, su tributario el Huerva por el este y por lo demás, un populacho de ejercito apenas instruido en la disciplina marcial pero decido a no permitir que la virgen del Pilar fuese francesa. Imbatibles ante el poderío militar del invasor, finalmente la peste se ocupó en desahuciar de esta plaza a una gran parte de las almas que la defendían. 
La sombra del Feo ahora los perseguía hasta estas alturas, en la huida que habían emprendido con derrotero hacia puertos de montaña. Renovales dejaba perder su vista sobre el horizonte coronado por picos nevados y nubes deslumbrantes que se extendían como las alas de un enorme ángel.  Cada haz de luz que lanzaba esta visión embriagaba el espíritu de Renovales, privándole del dolor y de la desesperación de su cometido. Aunaba fuerzas donde no las había para que su paso dejase de tambalear y para que su mirada continuase fija sobre este espectáculo de infinita grandeza. Sin embargo, tras varias jornadas de arduo ascenso por senderos enfoscados tuvo que ceder su carga a otro y luego estribar sobre el hombro de uno de los montañeses que lo habían liberado hasta poder atracar en el primer pueblo de éstos, Burgui." —Capítulo xi.







 

jueves, 10 de abril de 2014

Una piña de media melé


"Se movían ahora en apretada formación, los visualizaba como participantes de un encuentro del balón ovalado, 8 hombres a cuatro patas con hombros y caderas entrelazados en una piña de media melé ganando metros a pulso de empujones. Tres de ellos en primera línea embistiendo al formidable enemigo, formado por la masa invisible de 700 hombres de envergadura, incautos y adormecidos miembros de la guarnición del campamento en que se adentraban. Entre los dos corpulentos piliers: un talonador, buscando tantear con el pie la posibilidad de dar con el balón —la posición exacta del objetivo del ataque— para con el talón tomar posesión de él y enviarlo hacia la segunda línea a su retaguardia." —Capítulo xvi.