domingo, 12 de octubre de 2014

Lecturas Recomendadas


El relato "Tiznados" lo escribí entre Mayo 2010 y Agosto 2014 entre ratos libres que pude rescatar durante mis vacaciones, o fines de semana. Los siguientes textos son una muestra de libros que leí durante ese tiempo y que pudieron haberme inspirado e influenciado al escribir este relato que dedico a Mariano y Tomás de Renovales. 

ARTOLA, Miguel, La Burguesía Revolucionaria (1808-1874), 1973, España, Ediciones Alfaguara, S.A. 1976.
BAROJA, Pío, Aurora Roja, 1904, España, Ediciones Caro Raggio 2005.
BAROJA, Pío, César o Nada, 1910, España, Ediciones Caro Raggio 1975.
BAROJA, Pío, El Mundo es Ansí, 1912, España, Espasa Calpe S.A., primera edición 1943.
BAROJA, Pío, Los Pilotos de Altura, 1929, España, Espasa Calpe S.A., primera edición 1954.
BAROJA, Pío, Aviraneta o la Vida de un Conspirador, 1931, España, Espasa Calpe S.A., primera edición 1947.
BAROJA, Pío, Miserias de la Guerra, 1951, España, Alianza Editorial, S.A., primera edición 2006.
BARRADAS, José Pérez de, Los Mestizos de América, 1948España, Espasa Calpe S.A., primera edición 1976.
CERVANTES, Miguel de, Don Quijote de la Mancha, 1605, Edición Abreviada, México, Editorial Porrúa, 1998.
CHUST, Manuel (Coordinador), España, Crisis Imperial e Independencia, Fundación Mapfre y Santillana Ediciones Generales S.L., 2010.
CHUST, Manuel y José Antonio SERRANO (Editores), Debates Sobre las Independencia Iberoamericanas, Holanda-España-AlemaniaAhila-Iberoamericana-Vervuert, 2007.
DUARTE LEVEL, L., Historia Patria, Caracas 1911, Edición Facsimilar de Editorial Arte, 1972.
ESCRIBANO, Francisco, Mariano Renovales: De Argentina a Cuba, una vida de novela, España, Asociación Cultural "Los Sitios de Zaragoza", 2010.
FONTANA, Josep, Historia de España Volumen 6: La época del Liberalismo, Crítica-Marcial Pons 2007.
FRASQUET, Ivana y Andréa SLEMIAN (Editores), De las Independencias Iberoamericanas a los Estados Nacionales (1810-1850) 200 Años de Historia, Holanda-España-Alemania, Ahila-Iberoamericana-Vervuert, 2009.
GALLEGOS, Rómulo, Reinaldo Solar, 1921, Argentina, Espasa Calpe Argentina S.A., primera edición 1941.
GALLEGOS, Rómulo, Doña Bárbara, 1929, México, Editorial Porrúa, 1999.
GROUSSAC, Paul, Santiago de Liniers, 1999, Argentina, Ciudad Argentina.
LUACES SAAVEDRA, César, Traducción de Siete Inscripciones Ibéricas, Valladolid 2005, España, Edición realizada por el autor.
ORTUÑO MARTINEZ, Manuel, Edición de Memorias, Un Fraile Mexicano Desterrado en Europa (Servando Teresa de Mier, 1819), España, Trama Editorial, 2006.
POMAR, Pedro Pablo, Memoria en que se trata de Los Caballos de España, 1784, Edición Facsimilar de Extramuros Edición S.L., 2010.
RICHTER SANJINES, José Angel, Mariano Renovales, Efemérides Gloriosas y Crueles, Bilbao 1990, España, Edición realizada por el autor.
SEMPRÚN, José, La División Infernal, Boves, vencedor de Bolívar, 2002, España, Ediciones Falcata Ibérica.
QUINTERO, Inés, El Último Marqués, 2005, Venezuela, Fundación Bigott.
QUINTERO, Inés, La Criolla Principal, 2008, Venezuela, Ediciones Editorial Santillana S.A.
USLAR PIETRI, Arturo, Oficio de Difuntos, 1976, España, Espasa Calpe S.A., 1988.
UNAMUNO, Miguel de, En Torno al Casticismo, 1902, España, Espasa Calpe S.A., primera edición 1943.
UNAMUNO, Miguel de, La Raza Vasca y El Vascuence, España, Espasa Calpe S.A., 1974.
UNAMUNO, Miguel de, El Porvenir de España y los Españoles, España, Espasa Calpe S.A., 1973.




 

lunes, 1 de septiembre de 2014

Potentes y ágiles motos de Enduro


"—¿Qué hago con mis botas puestas?  Cada bota era un blindaje que protegía mi pie, tobillo y espinilla principalmente de ser machacados por piedras que arrollaba en los intensos ascensos de montaña.   En más de una ocasión me habían salvado de desgracia mayor al caer con moto y todo quedando con una pierna aplastada entre el bloque del motor ardiente y algún pedrusco.   Montar en moto de campo era una afición que cultivé viviendo en este país.  Un primo nos organizó un día a uno de mis hermanos y a mi un paseo en motos a través de los Valles del Tuy.  Los senderos por los que recorrimos los habían abierto años atrás la compañía eléctrica para prestarle mantenimiento a las torres de tendidos eléctricos que atravesaban en línea recta las cimas, laderas y valles de esas cordilleras tupidas con selva.  Con las lluvias de cada verano los caminos se erosionaban y quedaban intransitables excepto para los que las remontábamos con potentes y ágiles motos de enduro.  La fiebre me impulsó a comprar a un íntimo de la familia su Honda XR 250, modelo del año ‘89 caracterizado por el color rojo del depósito de combustible.  Se la pagué a plazos que fui saldando por varios meses según cobraba el sueldo de mi primer trabajo fijo.  Al igual que no montaba sin casco, no montaba sin las botas.  Por ende, el casco y las botas solo las usaba cuando andaba en moto. Pero ahora ni veía la moto, ni veía el casco blanco.  En cualquier caso, llegué a la conclusión de que la moto no podía estar lejos.  No tenía idea que hacía en esa llanura en medio de la nada pero me dispuse a averiguarlo."  —Capítulo i.
Nota del autor: la edición disponible en Amazon varía con respecto a las anteriores en que el capítulo xvii ha pasado a ser el capítulo i y se ha omitido la versión original del capítulo i. También se ha añadido títulos a cada capítulo. Los textos sobre estas líneas ya no son parte del capítulo i.– Media mañana, Domingo 17 de abril 





 



viernes, 9 de mayo de 2014

El clin clan de los vasos



A Andrés no le extrañó nada encontrarse sólo en la habitación sin su compañero de cuarto.  La primera noche de nuestra estancia yo había compartido con él la habitación pero no encontré sábanas suficientes para darme cobijo en la cama aledaña contra el frío que llegó a hacer y me vi obligado a salir de ahí en la madrugada.  Encontré una hamaca y decidí dormir guindado entre dos columnas del salón de la casa, que permanecía a temperatura ambiente.
Al no verme la mañana del domingo, Andrés llegó a la conclusión que yo había decidido colgar en chinchorro otra vez.  Abrió la puerta y vestido en ropa interior, con una toalla al hombro y necessair en mano se dirigió al baño más cercano para aliviar su vejiga, lavarse la cara, cepillarse los dientes, afeitarse y peinarse.  La casa no tenía calentador de agua ni ducha en los baños.  La tarde anterior nos habíamos lavado a manguerazos en la parte posterior de la casa.  Las tres mujeres del grupo se lavaron primero, a solas y vestidas en bikini.  Mientras una se bañaba con la manguera y se frotaba con una barra de jabón azul Las Llaves de lavar ropa, las otras dos cubiertas con sus toallas como pareos, extendían otra toalla para taparla de la vista por si alguno de los cinco hombres que completaban el grupo o algún empleado del hato osaba acercarse para echarles un ojo.

Para cuando se liberó el cuarto de baño, ya se oía el clin clan de los vasos que se iban recogiendo y un sonido de un serrucho que con cada golpe salpicaba agua.  La señora que cuidaba la propiedad había comenzado a recoger el desorden con el que amaneció el patio y su hijo de siete años se puso a jalar con ambas manos el asa blanco de la cava cuya proa apenas podía alzar, haciendo derramar sobre el suelo de cemento los picos del oleaje que se formaban con cada tirón que daba.  Se dirigía arrastrando su carga hacia el portón del patio que daba al exterior de la casa.  Una vez fuera, tumbó la cava de lado y vació su turbio contenido.  El agua salió de golpe y fue absorbido enseguida por el firme de tierra dejando a la vista un sedimento de chapas de botella, aros de plástico flexible que juntaban las latas de cerveza y una variada colección de insectos y arácnidos ahogados la noche anterior.
Ahí afuera se encontraban estacionadas las motos que habíamos traído.  Salió Andrés ya vestido con botas Timberland, blue jeans, camisa a cuadros remangada que cubría una camiseta blanca de algodón que había mandado planchar antes de empacar en su maleta.  Con su aspecto emperifollado se dirigió al niño que lavaba la cava roja.  Andrés estaba listo para comenzar la jornada y me estaba buscando.  Ya había preguntado por mí en la cocina mientras pedía que le preparasen un negrito.  Hoy había amanecido según sus propias palabras «enratonao» y con guayoyo no se iba a curar de su guayabo, por eso el café que pedía lo quería bien fuerte.  El aroma de las arepas fritándose y de las caraotas negras, dulces por el papelón, que se estaban recalentando le abrieron el apetito y con más ansia continúo en busca de su compañero que de cuarto nunca fue para que lo acompañase en el la actividad más importante que ofrecía esa mañana: el desayuno criollo.

Enseguida se percató que faltaba la moto con el tanque rojo y le preguntó al niño si había visto a «un catire bien alto» irse con ella.  El niño que estaba en cuclillas alzó la mirada, encogió los hombros, le puso una cara indiferente de yo no sé y se volvió a centrar en su tarea.  Andrés posó su café sobre una repisa y de la riñonera que llevaba amarrada alrededor de la cintura desenfundó la mano sujetando una chupeta Ticopop, de sabor fresa, de esas que llevan chicle bomba de relleno.  Se la ofreció al niño con un:

—Chamo, ¿desayunaste?

Éste lo volvió a mirar y con una sonrisa bien puesta le hizo guiño con la cabeza que si.

—Toma, te la ganaste por ayudar tanto a tu mamá.

Con eso se metió Andrés en la casa extrañándose porque había decidido irme yo a dar una vuelta con la moto tan temprano y especialmente antes de haber disfrutado del desayuno juntos.
 —Capítulo ii.



 

domingo, 20 de abril de 2014

¡«Arrayua»! ¡Levanta hombre!



"Rezamos un Padre Nuestro y lo que parecía como el comienzo del rosario ya que seguimos con Ave Marías. Callé cuando arrancó con preces dedicadas a la Virgen del Pilar que sumergieron su espíritu en un profundo estado de meditación.  A medida que progresaba con la letanía, su voz se fue haciendo más tenue hasta convertirse en un murmullo lánguido que contrastaba con la intensidad de su devoción. El manojo de dedos entrelazados que apoyaba sobre sus labios amortiguaba las ondas que emanaban de su cuerdas vocales. Una especie de guijarro que yacía en el suelo en frente a mí comenzó a vibrar en resonancia armónica con este zumbido. Su superficie plana se alteró emitiendo desde su interior un resplandor plateado que se difuminaba a través de los surcos de su relieve grabado.
Era el medallón y ahora se dejaba ver ante mis ojos. El centro estaba adornado con la silueta de una madonna cargando con su brazo derecho a su recién nacido y portando una corona cuyo halo radiaba una estrella de mil puntas. Me acerqué y con las yemas de los dedos acaricié su superficie. Tan pronto la toqué la prenda de plata se pegó a la palma de mi mano como lo haría un cuerpo imantado con otro de polo opuesto. En ese instante sentí un impulso eléctrico atravesar mi cuerpo con la fuerza de un rayo, desde la muñeca izquierda hasta el corazón, generando un catastrófico espasmo muscular que paralizó mi pulso, mi aliento y mis neuronas. Fui incapaz de resistir este estallido de energía y con la mirada congelada en el medallón me desplomé.
Estaba a oscuras y en silencio, inmerso en el vacío más profundo, o por lo menos eso es lo que me pareció. De repente a mis oídos llegó la siguiente exclamación:
—¡«Arrayua»! ¡Levanta hombre! Que también lo has dejado tumbado en el suelo. ¡Levanta Tomás y termina con la pelea!
Antes de poder deducir el contexto de estas palabras me vino a la mente una noción terrorífica. Era capaz de entenderlas a pesar de que me las estaban dirigiendo en vascuence." —Capítulo x.



 

Miseria de hombre libre!


"—Le costó a Fermín la vida salvar las de sus hermanos. Que fuerte.
—Su sacrificio salvó a muchos. Rescató a unos cuantos de aquella cuerda con la que nos conducían a Francia. Para los gabachos no éramos más que harapos vivientes. ¡Tanta miseria sufrida durante el último sitio de Zaragoza!  ¡Pero por lo menos miseria de hombre libre! Encontrarme atado a una cuerda como esclavo era peor que ir camino al paredón.  Gracias a Fermín Gambra y a estos hombres roncaleses me fue devuelta la libertad y con renovado aliento proseguí con la resistencia armada contra el invasor.  Gracias a Pedro Francisco y a Sebastián Gambra que los fueron a buscar, por encontrarse ambos en Zaragoza estudiando en la universidad en la víspera de los sitios.
—¿Qué hacía usted en Zaragoza, también estudiaba en la universidad?
—Yo me presenté como voluntario acompañando a mi tío. Él acababa de regresar a Artzentales después de una ausencia de casi 18 años haciendo las américas. De joven emigró a Buenos Aires donde hizo fortuna y logró distinguirse sirviendo en la milicias. Volvió a Vizcaya luciendo un imponente uniforme de oficial de ese ejército americano, con senda condecoración que llevaba prendida sobre la manga izquierda. Una medalla de oro con las armas de Buenos Aires. Se la otorgó el Cabildo de esa ciudad unos meses antes por sus méritos en la acción de Perdriel y en la reconquista de esta capital del virreinato del Rió de la Plata, habiendo servido bajo el mando de Juan Martín de Pueyrredón en la defensa contra el invasor inglés. Estando en nuestra casa solariega del valle de Artzentales, en las Encartaciones de Vizcaya, nos llegaron noticias del levantamiento del 2 de mayo en Madrid y de las proclamas en Zaragoza de resistencia. Universitarios como los Gambra se habían movilizado a favor de Fernando VII y en contra de Godoy y de los franceses.  A nuestra llegada a esta plaza, una granada reventó cerca de nosotros creando gran destrozo y confusión entre los defensores que ahí se nos plantaron.  No nos conocían y nos habían confundido por el enemigo.  Mi tío enseguida tomó el control de la situación y desde ese primer momento se hizo merecedor de la admiración de muchos por su aguerrido liderazgo.
—Ese tío suyo es todo un personaje. ¡Cuente más!
Renovales levantó la rodilla y giró sobre su costado, terminando por arrodillarse en frente del santuario improvisado. Al presenciar su gesto yo hice lo mismo.
—No van a ver horas esta noche para saciar tu curiosidad. Recemos para que la virgen nos guíe y nos proteja. Dios mediante habrá tiempo de sobra mañana para seguir con la plática." —Capítulo x.
 


sábado, 19 de abril de 2014

Un fandango de Huelva

Nota de autor acerca de la foto: Detalle de diapositiva que tomé de Paco de Lucía en el Teresa Carreño, Caracas, 1994. Utilicé el humo en la foto para crear el collage de la cubierta de "Tiznados".

Nota de autor acerca de la imagen: Portada original de la primera edición.


"Se acabó lo que se daba. Sentí un gran alivio encontrarme de nuevo a oscuras, en el lecho del campamento y en compañía de la vieja de los ojos nublados. Rompí el hechizo, la veía tal cual sin que me estuviese tocando, no más espejismos.
—Me libré de su tarrayada, señora.
—Así veo, así veo.
—¿Pero como me lleva ahí con ese sujeto? Si es un impostor, era todo una farsa.
Me vinieron a la mente escenas que presencié esa mañana de Guarenas en aquel claustrofóbico y oscuro cuarto de santo. El altar lleno de velas encendidas, botellas de licor, figuras cristianas y santeras: una virgen morena, un niño Jesús, un José Gregorio. Habían fotos, retratos de personas, que pensé serían parientes fallecidos de los presentes. Estaban las señales delatoras de esa secta: patas de conejo, plumas de gallo, pequeños recipientes de cristal con sangre. Me hicieron quitar el cinturón y el reloj de pulsera que llevaba, ambos lo único negro que vestía. Ellos nunca usaban prendas negras. Tampoco querían cosas de color negro dentro del cuarto de santo. Hasta a la pobre figura tallada del doctor José Gregorio la tenían pintada luciendo sombrero de copa, saco y corbata blancos. Me extrañó la coincidencia que la cámara de grabar video que trajo Sandra cumplía el requisito al no ser totalmente de color negro. Era un modelo Canon de gama alta que se fabricaba en un color nada habitual para esos aparatos: beige y gris claros. El Materia hizo la vista gorda con las pocas partes negras que tenía el aparato, por ejemplo el visor y la punta del lente.
Reviví el suceso del hombre mordiendo el cuello de una botella de ron hasta hacerla partir con los dientes. Luego lo vi masticar el vidrio y hacer que tragaba, pasándose la mano en frente de la boca como amago de limpiarse pero en verdad discretamente desembuchando los pedazos de cristal roto. Se hacía pasar largos alfileres entre la piel de los dedos, de la cara y del cuello. Bebía tragos de la botella rota y escupía, rociándonos de alcohol y sangre. Si sangre, porque recuerdo que horas más tarde al salir estaban manchadas mi ropa y mi piel descubierta con pequeñísimas pecas del color de la sangre seca.
Los presentes le pedían hablar con sus seres queridos y él convocaba a esos espíritus difuntos para que se manifestasen tomando posesión de su cuerpo. Para demostrarnos el alcance de su don mandó llamar al espíritu de alguna que fue en vida cortesana en Buckingham.  Pero el sonido que empezó a salir de su boca no era ni inglés ni don de lenguas ni nada. Yo miraba para atrás y observaba a su público, alucinando en un trance, que todo lo que absorbían esos ojos y esos oídos era verdad y no era mi lugar decir lo contrario. Me hizo cantar, y canté una sevillana. Si me lo hubiera pedido, me plantaba ahí con la guitarra y lo acompañaba con un fandango de Huelva. Era todo un fraude, un macabro espectáculo en el que nos vimos obligados a participar como pasatiempo de esas almas olvidadas de Dios. Así se lo reclamé a la vieja de los ojos nublados.
—Dios no se olvida de nadie, «mi’jo». El que te miraba desde lo alto de ese cerro puede ser lo que sea, yo solo veo lo que veo y usted ya conoce mi don. Lo que importa ahora es que su merced siga con nosotros hasta el amanecer."—Capítulo ix.






 

viernes, 18 de abril de 2014

Coleando como pez fuera del agua



"La escaramuza imaginaria duró unos segundos hasta que para mi más absoluta sorpresa, de repente no sólo volví a ver al tinte matalón, sino que pude oler el sudor, oír el rechinar y hasta sentí temblar la tierra por el pataleo del animal, éste quejándose amargamente al volver a apoderarse el hombre con toda su fuerza de las riendas.
Si no descargué todo el repertorio de palabrotas, ordinarieces que había acumulado tras años de instrucción en los patios del colegio, no dije nada.  Me quedé afónico del asombro, porque si este hombre me había acusado antes de hechicero, él ahora demostraba ser todo un mago haciendo reaparecer la bestia equina sobre el escenario.
El hombre una vez pudo contener al caballo de su brío se dirigió de nuevo a mi diciendo:
—Vaya lengua cebada con estiércol que sueltas.  No he oído jamás majaderías tales y Dios me guarde de tener que volver a soportar semejantes palabrejas.
—Pues no se acerque, que es usted el que juega a ser mago y esta no es hora ni sitio para andar con pantomimas.
—Muchacho, contén los estribos. Sugiero mantengamos nuestra distancia para así dirigirnos como caballeros. Evitemos la confrontación que nos ha servido la mala fortuna en este encuentro nocturno.
—Pues bien, hablemos. —Y con esas palabras me volví a poner de pie, sacudiéndome los codos y antebrazos de tierra y de espigas que ahora me picaban por el revolcón que me había dado sobre el pasto tan alto.
—Tan pronto yo le de una explicación le pido que usted me corresponda con la misma cortesía.
Con su señal de afirmación le comencé a contar:
—Para serle sincero, estoy perdido. Busco la casa del hato donde me estoy hospedando y tras el golpe que me he dado me encuentro aturdido, desorientado.
Miré a mi alrededor en busca de la moto pero seguía sin verla.  Regrese la mirada al individuo y continué:
—Le aseguro que no poseo los talantes que me atribuye. No pertenezco a ninguna partida, ni secta ni de nada de eso, si acaso peco por ser de la capital y aquí en la noche del Llano me encuentro coleando como pez fuera del agua.
—La noche juega con nosotros, las sombras nos cubren los ojos con un manto haciéndonos ver lo que no es.
—Tendrá razón —contesté—. No debía de haberme alejado de esta forma de la casa. ¿Y usted que hace por aquí a estas horas?
—Salí en busca de esta montura. La dejé paciendo en este prado. Tan pronto le puse el aparejo, el animal te encontró.
Me extrañó que lo estuviera recogiendo a estas horas y le pregunté el por qué.  El me respondió con un:
—Haces muchas preguntas.  Acompáñame porque esta no es noche para andar sólo en la llanura.  Si procedes de la capital tenemos mucho de que hablar.
—¿A donde se dirige?
Se limitó con contestar con un:
—Caminemos.
Se dio la vuelta y guiando al caballo comenzó a alejarse de mi.
No me volvió a dirigir la palabra y según se alejaba, me puse nervioso y volví a buscar la moto a mi alrededor.  El pasto lo cubría todo y no la veía por ningún lado.  Me desplacé hacia el camino que me había traído hasta este prado, arrastrando los pies, pisando la vegetación y tanteando con las puntas metálicas de las botas el suelo con la esperanza de toparme con la forma maciza de la moto.  Fue inútil y antes de quedarme sólo decidí dejar el casco en medio del camino como un marcador blanco del lugar de mi accidente y me dirigí corriendo detrás de lo que ahora avistaba como la tenue silueta del caballo.
—Pero bueno, ¿cómo han atravesado estos matorrales?
A pocos metros me enzarcé con una ramas secas que se proyectaban como lanzas. No tuve más remedio que desengancharme y de buscar la forma de continuar en la dirección general en que caminaban, rodeando este obstáculo y otros más que iban surgiendo inesperadamente ya que estaba seguro de que les seguía las huellas y que tenían que haber pasado por ahí." —Capítulo iii.




Carlos era quien recibía al grupo en su hato



"El cuarto amaneció helado. Andrés se levantó de la cama y se dirigió a la pared de la habitación para bajar el interruptor del aire acondicionado.  El ambiente se volvió caliente y húmedo tan pronto dejó de soplar y rugir el viejo aparato que se encontraba empotrado en el muro.  Aun con la ventana cerrada, el frío se filtraba al exterior por las ranuras que dejaban sus filas de estrechos cristales movibles.  Por eso la habitación contaba con un aparato sobre dimensionado para el espacio que albergaba, de gran consumo y potencia en frigorías, y habiendo estado funcionando toda la noche bajó la temperatura a un nivel intolerable. 
Con una mano corrió la cortina hacia un lado y con la otra jaló la palanca de aluminio del marco de la ventana para hacer girar las hojas de cristal a su posición abierta.  Asomó la vista a un pequeño patio rodeado por un alto muro.  Por encima se apreciaban las copas entrelazadas de unos árboles que a través de su espesa carga de ramas y de hojas hacían de harnero a los rayos de sol que surgían en el horizonte.  En el centro del patio había una alberca con agua rebosando el borde del metro y pico que sobresalía del suelo.  Parecía más un abrevadero por su forma larga y estrecha.  Habían algunas sillas de jardín dispuestas en círculo alrededor de una hielera de plástico roja de gran tamaño ahora también llena de agua y con latas de cerveza flotando en su interior.  En el suelo quedaban unas botellas vacías de ron añejo Selecto y otras de «pecho cuadrao», una docena de vasos altos todavía con sus fonditos oscuros sin terminar y un par de ceniceros sucios rebosando de colillas. 
Habían pasado la noche en ese patio sumergidos en una alargada tertulia acompañados por el cielo forrado de estrellas y por una continua ronda de palos de ron y de cervezas.  Se alternaban entre sentarse dentro de la alberca o situarse alrededor de la cava roja que estaba a hasta arriba de hielo, enfriando latas de cerveza y botellas de pepsicola.  Andrés no se acordó de la hora en que se retiró a la habitación.  Sólo que la conversación se fue profundizando en temas filosóficos y metafísicos a medida que pasaban las horas y se acababan la panela de hielo, un gran bloque macizo que picaban en pedacitos para poder llenar los vasos hasta el tope antes de servirse el siguiente trago. 
El grupo de amigos había llegado la noche anterior repartidos en tres camionetas 4x4 que manejaron en caravana y casi sin parar desde que salieron de la capital.  Andrés traía una Toyota machito de dos puertas.  El reducido espacio de carga de su camioneta lo complementó ordenando a uno de sus empleados viajar la madrugada anterior, desde su hacienda de cacao en Barlovento, con un camión Dodge Ram 3500 superduty. Vino cargado con tres motos de campo y varios baúles llenos de equipos y suministros necesarios para el despliegue operativo que habían organizado para el fin de semana.  Al llegar tan de noche el viernes, decidieron acostarse para aprovechar al completo la jornada siguiente.  Carlos era quien recibía al grupo en su hato y tenía planeado una jornada divertida, con paseos a caballo por el Llano y barbacoa al mediodía.  Hasta había organizado la tarde para que el grupo cabalgase junto a los llaneros que trabajaban en el hato y participasen arreando varias decenas de cabezas de ganado media docena de kilómetros, para conducirlos a unos abrevaderos.  Por tanto la noche del sábado el grupo de amigos pudo disfrutar de una rica cena con punta y lomo de res a la parrilla que se alargó en una entretenida sesión de compartir las laboriosas y ricas experiencias del día, sentados alrededor de la pequeña alberca y refugiándose dentro de ella cuando sentían que el calor acechaba o que la plaga de mosquitos y de comején se intensificaba." —Capítulo ii.



jueves, 17 de abril de 2014

Le encontrará en la casa de la familia Gambra


"Su santidad normalmente no hubiese desperdiciado el aliento en subir al sabayao ese en que ahora se encontraba para acabar con la riña entre el joven Renovales y el roncalés de turno. Es más, poco le importaba mediar en las broncas que se armaban entre el intempestivo de Tomás con estos labriegos del pueblo. Al fraile Nicolás Uriz de Navarra ya le costaba aceptar el parentesco entre Renovales el Mozo y Renovales el Adelantado. Para él eran como la noche y el día. Mariano de Renovales, con su exaltada personalidad, era de vociferar órdenes, de hervir de rabia frente al enemigo o de sonrojar ante la sonrisa de una dama. Sus modos eran ruidosos y rudos, sin embargo su empatía hacía los demás —en especial su afán por ayudar al prójimo, de luchar por el bien de la mancomunidad con absoluto desinterés hacia su hacienda personal— le hacían merecedor del respecto y confianza de todos bajo su mando. 

Al joven lo percibía Uriz como distante y de difícil lectura exceptuando por la impecable disciplina marcial que demostraba, siendo incuestionable su lealtad hacia el tío. Uriz supuso que la terrible experiencia vivida en Zaragoza fue responsable de haber borrado cualquier espíritu de alegría en la faz del muchacho. En cambio, el rostro de Tomás no delataba sentimiento alguno, ni de felicidad ni de amargura, siquiera de displicencia. Cuando reía —como acaba de hacer muestra a costa del fraile al interponerse éste entre los que se alzaban a puños— su cara permanecía muda y el sonido de la risa forzaba su paso entre una boca que no se dejaban fruncir. 

Lo que reventaba a Uriz era la mirada que tenía Tomás reservada para él. Consistía únicamente en una ligera contracción de las pupilas que al cruzar con las suyas apuñalaba el alma del fraile. Se la acababa de lanzar en ese momento y ocasionaron en él una rabieta de celos. Celos, porque al fraile no le cabía como este chaval de ideas tan rectas e inamovibles era a quién acudía Mariano de Renovales cuando necesitaba consejo. El sobrino era confidente de las emociones y pensamientos más privados del brigadier, privilegio que Uriz ahora anhelaba al encontrarse a su servicio como escribano. Intuía que algo importante se tenía que estar cociendo entre las cejas del brigadier. 

Seguramente estaba a punto de tomar alguna decisión importante y la quería primero consultar con el sobrino. De otra forma no hubiera mandado buscar a Renovales el Mozo. He le ahí, pues, sin aliento y en lo más alto de la casa esa, en la cima de aquellos peldaños cuyas astillas atentaron contra unos pies descalzos todavía habituados al suelo de piedra del convento en la villa de Los Arcos. 

—Su tío lo manda llamar. 

Estas palabras sirvieron de catalizador para la reconciliación entre los contendientes. Tomás fijó su mirada sobre los ojos de su contrario y al unísono ambos extendieron la mano derecha para sellar con un fuerte apretón el cese de las hostilidades. Así era el respeto que infundía Mariano de Renovales entre estas personas. Fuera cual fuera la áspera impertinencia de Tomás de Renovales que provocó la bronca ahora quedaba olvidada. Este asunto era más importante.  

Tras limpiase la cara con un paño húmedo contestó: 

—Después de usted, fray Nicolás. 

—Siga, siga, que yo bajaré despacio y a don Mariano le urge hablar con usted. Le encontrará en la casa de la familia Gambra." —Capítulo xii.