A
Andrés no le extrañó nada encontrarse sólo en la habitación sin su compañero de
cuarto. La primera noche de
nuestra estancia yo había compartido con él la habitación pero no encontré
sábanas suficientes para darme cobijo en la cama aledaña contra el frío que
llegó a hacer y me vi obligado a salir de ahí en la madrugada. Encontré una hamaca y decidí dormir
guindado entre dos columnas del salón de la casa, que permanecía a temperatura
ambiente.
Al no
verme la mañana del domingo, Andrés llegó a la conclusión que yo había decidido
colgar en chinchorro otra vez.
Abrió la puerta y vestido en ropa interior, con una toalla al hombro y
necessair en mano se dirigió al baño más cercano para aliviar su vejiga,
lavarse la cara, cepillarse los dientes, afeitarse y peinarse. La casa no tenía calentador de agua ni
ducha en los baños. La tarde
anterior nos habíamos lavado a manguerazos en la parte posterior de la
casa. Las tres mujeres del grupo
se lavaron primero, a solas y vestidas en bikini. Mientras una se bañaba con la manguera y se frotaba con una
barra de jabón azul Las Llaves de lavar ropa, las otras dos cubiertas con sus
toallas como pareos, extendían otra toalla para taparla de la vista por si
alguno de los cinco hombres que completaban el grupo o algún empleado del hato
osaba acercarse para echarles un ojo.
Para
cuando se liberó el cuarto de baño, ya se oía el clin clan de los vasos que se
iban recogiendo y un sonido de un serrucho que con cada golpe salpicaba
agua. La señora que cuidaba la
propiedad había comenzado a recoger el desorden con el que amaneció el patio y
su hijo de siete años se puso a jalar con ambas manos el asa blanco de la cava
cuya proa apenas podía alzar, haciendo derramar sobre el suelo de cemento los picos
del oleaje que se formaban con cada tirón que daba. Se dirigía arrastrando su carga hacia el portón del patio
que daba al exterior de la casa.
Una vez fuera, tumbó la cava de lado y vació su turbio contenido. El agua salió de golpe y fue absorbido enseguida
por el firme de tierra dejando a la vista un sedimento de chapas de botella,
aros de plástico flexible que juntaban las latas de cerveza y una variada
colección de insectos y arácnidos ahogados la noche anterior.
Ahí
afuera se encontraban estacionadas las motos que habíamos traído. Salió Andrés ya vestido con botas
Timberland, blue jeans, camisa a cuadros remangada que cubría una camiseta
blanca de algodón que había mandado planchar antes de empacar en su
maleta. Con su aspecto
emperifollado se dirigió al niño que lavaba la cava roja. Andrés estaba listo para comenzar la
jornada y me estaba buscando. Ya
había preguntado por mí en la cocina mientras pedía que le preparasen un
negrito. Hoy había amanecido según
sus propias palabras «enratonao» y con guayoyo no se iba a curar de su guayabo,
por eso el café que pedía lo quería bien fuerte. El aroma de las arepas fritándose y de las caraotas negras,
dulces por el papelón, que se estaban recalentando le abrieron el apetito y con
más ansia continúo en busca de su compañero que de cuarto nunca fue para que lo
acompañase en el la actividad más importante que ofrecía esa mañana: el
desayuno criollo.
Enseguida
se percató que faltaba la moto con el tanque rojo y le preguntó al niño si
había visto a «un catire bien alto» irse con ella. El niño que estaba en cuclillas alzó la mirada, encogió los
hombros, le puso una cara indiferente de yo no sé y se volvió a centrar en su
tarea. Andrés posó su café sobre
una repisa y de la riñonera que llevaba amarrada alrededor de la cintura
desenfundó la mano sujetando una chupeta Ticopop, de sabor fresa, de esas que
llevan chicle bomba de relleno. Se
la ofreció al niño con un:
—Chamo,
¿desayunaste?
Éste lo
volvió a mirar y con una sonrisa bien puesta le hizo guiño con la cabeza que
si.
—Toma,
te la ganaste por ayudar tanto a tu mamá.
Con eso
se metió Andrés en la casa extrañándose porque había decidido irme yo a dar una
vuelta con la moto tan temprano y especialmente antes de haber disfrutado del
desayuno juntos.
—Capítulo ii.
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