martes, 12 de enero de 2016

Nueva edición

Se ha terminado de editar una nueva versión de Tiznados con comentarios a pie de página y con un apéndice con los blogs del autor que publicó entre 2005 y 2015. El autor utilizó este recurso para publicar el resultado de su investigación acerca de estos personajes.  Al referirse el autor a su blog suele bromear diciendo que «debe de ser el blog menos leído en internet. Sólo lo han leído tres personas: un profesor de historia de la universidad complutense investigador de Xavier Mina y gran conocedor sobre todo lo relacionado con Mariano de Renovales, un militar español historiador experto en los Sitios de Zaragoza y un editor del Diario de Navarra oriundo de Roncal, admirador de Mariano de Renovales y que me ha publicado dos artículos en su periódico sobre el tema». 


Por otro lado, el comandante Puisalis se encontraba todavía en casa de don Pedro Vicente Gambra bajo su protección. Ahí discutían los presentes en voz baja para que lo ocurrido no llegase a oídos del oficial francés que convalecía de sus heridas en una de las alcobas de la casa.
—Tomás, quiero que me acompañes al lugar del suceso. Partimos de inmediato.
Marcharon a caballo hasta Garde acompañados de la comitiva que trajo las noticias de la masacre. Desde ahí remontaron a pie la breña que les sacaría de aquellos valles roncaleses. Al otro lado de la cima se podía descender hacia los desfiladeros y socavones del barranco de Fago, que se encontraban a más de medio camino entre Garde y Ansó.
Durante la escalada no pudo evitar Tomás hacer comparaciones entre el trato recibido por los franceses cuando ellos fueron hechos prisioneros y el trato que ellos otorgaron a sus cautivos.
—Usted sabe tío que no se le respetó como oficial de su categoría en aquella cuerda de prisioneros que nos conducía a Francia.
—Precisamente por eso me fugué contigo y con los Gambra sin dudar siquiera si mi conciencia y mi honor quedarían manchados. ¡Cristo! Si me fugué antes de llegar a Pamplona, advierte que se faltó por los franceses al sagrado de la capitulación de Zaragoza. Fui el primero a quien el general Morlot, sin honor ni palabra, despojó de caballos y equipaje, hollando lo estipulado. Si al general francés es lícita la infracción de un derecho tan sagrado, no sé por qué ha de prohibirse a un general español faltar a su palabra de prisionero.
—¿Y estos corderitos como se dejaron degollar? Si los prisioneros duplicaban en número a los hombres de Buruchuri.
Se dieron cuenta al llegar al barranco de Fago que Buruchuri eligió este lugar ex profeso para cometer su matanza. El barranco de Fago consistía en un largo y estrecho cañón por el cual un río de escaso caudal recorría este laberinto tallado entre la piedra viva de la montaña habiendo caídas de hasta 20 metros. Buruchuri aprovechó un embudo que formaba el cañón para apisonar a los cautivos como en una línea de producción de un matadero industrial. Dividió a sus hombres en dos grupos. Los unos a punta de bayoneta actuaban desde la retaguardia empujando a la cuerda de prisioneros para que se adentrasen en la bóveda que formaba una marmita seca. Los otros al otro lado la jalaban para que los hombres pasasen de uno en uno a través de una estrecha apertura en la pared de piedra que los conducía a través de un pasillo tras cuyo codo les emboscaba la muerte a golpe de sable. Hacían turnos los verdugos cada docena de gargantas degolladas, y los demás desechaban los cuerpos sin vida lanzándolos al interior de las diversas pozas de agua que ahí se encontraban y por un barranco aledaño para evitar que se amontonasen y entorpeciesen la matanza. 
La escena que encontraron los roncaleses era dantesca. Habían cuerpos mutilados en estado avanzado de descomposición regados por todos lados. Tuvieron que espantar animales carroñeros y buitres que revoloteaban el lugar. Algunos de los cuerpos sin vida yacían en lugares de difícil acceso e hicieron cuanto fue posible para recogerlos todos y enterrarlos con cristiana sepultura.
—Este paso del barranco es un cementerio a cielo abierto. No he visto nada igual. Dios nos perdone por esta ofensa cometida. —dijo Renovales a su sobrino, todavía incrédulo de lo que estaba presenciando. No pudo contener su indignación y sin levantar la vista volvió a exclamar: 
—Hostias! ¡Ya se acabó la Humanidad! Los gabachos no pueden saber de esto. Si no cobrarán todos los habitantes de Roncal con sus vidas.

—De nuestras bocas no se enterarán de este crimen atroz. ¿Que va a ser del comandante francés y de sus oficiales?

Capítulo XII